Opiniones

Andrea Abreu

Me cae arriba de la cabeza un churrete de imágenes, pesado y caliente, como la mierda blanca de una paloma: un paquete de pastillas vacío y arrugado en la orilla del agua, una bolsa plástica del Mercadona 100% reciclable, una mascarilla, un guante con un dedo arrancado, un guante, el brillo del cristal del mostrador de los helados detrás del que trabaja mi madre, tres niños acercándose con un cubo pintado de machangos de colores, un cubo lleno de pescados flotando, tres niños contándole a mi madre que fueron a los charquitos a coger cabosos y barrigudas y los escacharon contra los riscos, así, diciendo, así, y apretando los tenis contra el piso para que mi madre vea cómo los reventaron, para que mi madre entienda cómo les sacaron las tripas y los dejaron rajados al centro sobre la roca, en sacrificio por un dios absurdo.
 

Mi madre sirviéndoles unos helados en vasitos biodegradables (¿hasta qué punto se pueden biodegradar tantas toneladas de cosas al mismo tiempo?) pero con cucharas de plástico verde. Mi madre con una tristeza como un espina espichada en las costillas. El sol descendiendo detrás de las plataneras.  Los cuatro sabores que quedan derritiéndose en el fondo de los cazos de metal, uno a uno, poco a poco: fresa, parchita, Bounty. Una chalana allá a lo lejos. Una pardela chillando como un bebé recién nacido. 

Thank you for watching
 

Más cosas: un emisario mal disimulado con cemento y piedra. El esqueleto metálico, inmenso, innombrable, del hotel que están construyendo en la Tejita, justo en el punto en el que acaba la Reserva Natural especial de Montaña Roja. El contraste entre la playa de Fañabé y la del Duque, una de arena negra y la otra de arena blanca, seguidas, separadas por una línea, nada sutil, en la que se combinan el negro y el blanco como en un bote de Nocilla, cada una más artificial que la otra, cada una más entristecedora que la otra. La magnitud terrible del Puerto de Granadilla, vacío, inoperante, vista desde la carretera dorada del Sur. La certeza de que van a construir ahora el macropuerto comercial de Fonsalía, ahí, en esa porción exacta que dejaron sin proteger, en 2011, dentro de la Zona Espacial de Conservación de la franja marina Teno-Rasca. 

Una ballena con el cuerpo a medias arrastrándose por el océano como un bicho carretero partido. Cientos de motos de agua, kayaks, lanchas, veleros. Una tortuga clavada en la hélice de un barco. La certeza de que van a destruir uno de los mayores santuarios de ballenas del mundo, de que esto no va a parar, de que es un camino en ascenso, siempre en ascenso: cuando haya un pedacito de callao y mar, van a derramar arena negra; cuando haya arena negra, van a ponerla blanca; cuando metan la arena blanca, van a aprovechar el viaje para distribuir palmeras y sombrillas y tumbonas y solariums y paseos y chilauts.
 

Y, cada año, van a invertir millones y millones de euros en arreglar los pequeños desperfectos que el mar genera en sus fascinantes calas falsificadas, brillantes calas rellenas de arena arrancada del Sáhara, cada poco minadas de piedras (piedras jediondas del diablo), que las mareas nos devuelven como flamantes regalos de Navidad. Van a ensanchar los diques, van a poner más prismas, a construir más muros y barreras contra el mar, a edificar y a levantar hasta convertir la costa en un estanque quieto, fatigado, enfermo, que imite la inmovilidad de las piscinas de urbanización, el olor limpio y aséptico de las piscinas de urbanización.
 

Y, sin ninguna duda, cuando ya no quede nada por alterar, van a intervenir lo último que nos queda: los charcos, esas preciosas rendijas del litoral que todavía no habían tocado. Lo van a hacer bajo el discurso de poner en valor el mundo de las piscinas naturales y, ya por fin, como esos niños felices de sacarles las tripas a los cabosos y a las barrigudas, vamos a realizar del todo nuestro propio sacrificio absurdo: escachar por completo nuestro litoral, para descubrir, cuando ya no quede sino naturaleza muerta y domesticada, el misterio de nuestro dios todopoderoso, El Turismo.
 


 

Andrea Abreu 

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