Valentina y Consuelo

Antonio Cabrera de León

Fue noticia en las Cortes el aplauso espontáneo de los diputados a Valentina. Ella es una trabajadora de la limpieza y, como parece que nos estamos humanizando, repararon en ella cuando hacía su labor callada y necesaria. Estos días esas personas, casi siempre mujeres, son más visibles para los ciegos de espíritu porque usan guantes y mascarillas a los que no estamos acostumbrados. Después oí a Valentina hablando en la radio y explicando que lleva 29 años trabajando en el Congreso, imagino que siendo subrogada de contrata en contrata. Las entrevistas no se interesaron por sus condiciones laborales.

Tengo la costumbre de llegar al hospital en el que trabajo entre las 6:30 y 6:45 de la mañana. Cuando se me hace temprano soy yo el que abre las puertas de la planta. Pero la mayoría de los días es la señora de la limpieza quien lo hace. Tras el atraco laboral de 2011 y 2012 empezaron a aparecer también señores de la limpieza. Pero la señora que limpia ahora se llama Consuelo. A ver cuánto me dura, porque la empresa adjudicataria procura cambiarlas con frecuencia. No las deja durar mucho en ningún sitio, para que no hagan amigos entre el personal sanitario. Así no las humanizamos, cambian tanto que no nos aprendemos ni su nombre. Cuando estamos contentos con una desaparece de nuestras vidas sin decir adiós porque llegó un lunes y la mandaron a otro sitio. No las volvemos a ver. Consiguen que sólo tengan a su empresa como referente. Nada de contacto con el personal del hospital, no vayan a preguntarse por qué non son ellas también personal del centro.

Hubo un tiempo en que lo fueron, antes del atraco. Trabajadoras del mismo hospital que la enfermera o el médico. Un tiempo en que ibas a lencería y te daban una bata limpia y planchada. No lo de ahora. Recuerdo a las últimas de ellas, como doña Julia, siempre enjoyada. O Marisa, que aún limpia en la cocina del hospital. Como recuerdo a los camareros de la cafetería, Martín y Juan, que no aceptaron que la nueva contrata les redujera el sueldo. Ellos se fueron de mi vida y yo de la cafetería. Me compré una cafetera y unos paquetes de café. Desde entonces tomo café con mis colegas en la planta.

Valentina y Consuelo. Como doña Julia, Marisa, Martín o Juan representan a la clase trabajadora maltratada en este país. Maltratada por todos aquellos que promovieron los atracos laborales y el florecimiento de las externalizaciones. Muchos cayeron de 900 a 600 euros al mes, y no hicimos nada. Les dejamos solos. Hasta que los sanitarios madrileños comprendieron que ellos también podían ser externalizados por la tropa de Esperanchu y surgió la marea blanca. Entonces sí, entonces les paramos los pies. Ahora toca atenderla a ella y a su marido. Les deseo que se curen, que sean atendidos con el máximo esmero posible y sin privilegios. Todo estará limpio porque siempre habrá una Valentina, o una Consuelo.

Antonio Cabrera de León