Creo que cada pueblo debe buscar en el baúl de su cultura los recursos indispensables para afrontar los retos que se le presentan. En nuestro caso canario, hubo una serie de lecciones que aprendí casi sin querer, es decir, mientras me dedicaba a otra cosa. Durante un par de años practiqué la lucha canaria. No tumbé a nadie, pero tenía mucha afición. Mi cuerpo no se asemejaba precisamente a un ropero, así que el entrenador decidió que tenía que aprender las mañas de desvío. Aún así, tampoco mejoré mi destreza vernácula, pero en cambio aprendí mucha filosofía. Las mañas de desvío consisten en mover el cuerpo suave pero rápidamente, previo amago, para desviar la acción del contrario y que con su propia fuerza se desestabilice y caiga al suelo como un saco de papas. Se trata de esquivar la fuerza del contrario y usarla para que con su propio impulso se derrote él mismo, de manera que tú sólo tengas que darle un toquito y, a veces, ni eso. De esas mañas, el vacío es mi predilecta, aunque el toque por dentro, bien ejecutado, es una maravilla. Pero para los luchadores de apariencia delicada, el vacío es más apropiado. No se trata de renunciar a la brega, se trata de medir tus fuerzas y saber cuándo y dónde tienes que dar la batalla. Elegir el terrero y el momento, esa es la cuestión. No siempre puedes hacerlo, pero si se presenta la ocasión… procura no fallar.

Del concepto de Estructuras de las Oportunidades Políticas aprendí que los cambios sociales suelen producirse más por la habilidad de los movimientos políticos en observar y actuar aprovechando los errores del adversario, que por el empuje, desgaste y voluntarismo para armar grandes revueltas. En ese sentido, también creo haber oído un proverbio antiguo que dice algo así como “siéntate en la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo”. Pues bien, algo de eso hemos aprendido estos días donde, mientras la derecha y la rancia etiqueta cuentan piojos, nosotros contamos las adhesiones que nos reporta su supina estupidez. Más que nada por no entrarle al trapo, como los pulpos del garaje. Sin apurarse, y sin perder la sonrisa, las cosas van encajándose solas, con un ligero toque; y que el tiempo y los acontecimientos hagan el resto. Acuérdense, un ligero amago y un fulminante vacío para que caigan redondos como un saco de papas.