Tercera década

Antonio Cabrera de León

Hoy empieza la tercera década del siglo XXI. La segunda, que terminó ayer, fue una calamidad para los trabajadores. La iniciamos sufriendo las políticas de recortes y austeridad que rompieron el contrato social, nos empobrecieron y nos hicieron pagar las deudas de los bancos. Otros países encarcelaron a los banqueros y se negaron a pagar la deuda. A nosotros, un gobierno de corruptos, lacayos de una patronal inmisericorde, nos impuso una reforma laboral que abarató el despido y redujo el salario de los trabajadores modestos hasta niveles de miseria.  

Cuando nos desembarazamos de los corruptos y empezábamos a recuperarnos, la década nos tenía guardada una peste histórica para despedirse. La hemos pagado cara, y la humanidad entera aún la está pagando con millones de infectados y muertos.  

Esta tercera década la empezamos con la esperanza de derrotar pronto la epidemia. El avance que la ciencia ha tenido en el siglo transcurrido desde la anterior peste, de 1918, nos ahorrará varios años de sufrimiento y muerte. Pero es necesario que lo científico se traslade también al campo de la sociología y la política. No solo estamos empezando el año que pondrá punto final a la epidemia, tiene que ser también la década que deponga el ultraliberalismo, el saqueo de lo público y la hiperacumulación de riqueza en cada vez menos manos.  

Solo poniendo coto a las desigualdades, imponiendo la comunidad sobre la individualidad, y estableciendo que no hay personas libres si no anteponemos las libertades sociales a las individuales, podremos hacer frente a nuestro mayor desafío, que no es otro que el calentamiento del planeta más allá de lo que lo hace vivible para el ser humano. Es eso o extinguirnos y entregar el planeta a los insectos. 

La comunidad científica sabe que las epidemias vendrán una detrás de otra, pero que solo serán una pequeña parte de los jinetes del apocalipsis que pueden acabar con nosotros como especie. No hay otra receta: o comunidad y libertades sociales o sucumbiremos. Si no lo hacemos, la desertificación de más de la mitad del planeta traerá inevitablemente migraciones de un volumen y velocidad jamás vistos, y como consecuencia la guerra por el agua, los alimentos, el sitio para vivir y el aire para respirar.  

En los países más ricos del mundo, EE.UU., Alemania o Singapur, millones de jubilados trabajan hasta la muerte para poder llevar una vida sin miseria. De España ni hablo ¿para qué vivimos? ¿Vivir más para vivir peor? ¿Trabajar hasta viejo para pasar hambre y frío? Quienes desde posiciones ultraliberales plantean recortes en las pensiones alargando edades de jubilación y periodos de cotización, son los mismos que no encuentran la manera y el tiempo de pensar en el planeta. Pensemos los demás. 

Muchos iniciaron la tercera de década del siglo XX alegremente, ignorando que tras la fiesta vendría el crack financiero, el fascismo de Franco, Hitler y Mussolini, y finalmente las guerras y la calamidad. Pero un siglo después, nosotros no estamos empezando nuestra tercera década en la ignorancia de lo que se nos viene encima. A menos que queramos evitarlo.

Antonio Cabrera de León