Querida Leonor

Antonio Cabrera de León

Hace poco más de un año supe que ya comías sopita por ti misma. Ahora he tenido conocimiento de que ya articulas unas palabras en público, las cuales te habrán hecho entrenar mucho para que tengas una dicción de princesa. Así vi yo a tu papi hace 40 años, vestido de soldadito, tan mono. Lástima que luego creciera y ya no lea discursitos de ‘princeso’. Los textos que le escriben ahora son para reprender a los catalanes, que ya te habrán explicado que son unos aragoneses que votan en referéndum aunque los apaleen. 

Verás, sé que eres una niña de 14 años y que estás siendo educada para asumir que tú has venido al mundo para ser el ama. Tendrás obispos que te asegurarán que serás reina por la gracia de su dios. Formalmente, un Parlamento de plebeyos te proclamará reina, pero antes de que lo hagan, por si la gracia de dios no les convenciera, tendrás un Ejército que te habrá reconocido como su jefa.

Más adelante, cuando seas mayor, te explicarán que tu familia vive de este negocio desde hace muchas generaciones. No necesitarás hacer oposiciones para ser funcionaria del Estado. De hecho, dice la prensa extranjera que ya ese Estado te paga más de 140.000 euros anuales. Créeme que no es poco por comer sopita y articular palabras. Si hubieras ido a un colegio público, tal vez las compañeras de clase te lo habrían explicado. Pero tú no has conocido la escuela pública ni la sanidad pública. Todo tu mundo es privado, menos el sueldo. No tendrás que pasar la PAU para acceder a la universidad. Tú no patearás las calles repartiendo pizzas, ni servirás copas para pagarte los estudios. Tampoco serás trabajadora autónoma. Lo tuyo es el funcionariado congénito. Tu lacayo Pedro Sánchez, el insomne, lo expresa muy bien: tu monarquía encarna todos los valores republicanos que él tiene.

No sé si tú, Leonor, nos considerarás un pueblo difícil, como tu papi. O si tendrás en el futuro un ‘compiyogui’, como tu mami. Tampoco sé si te enseñarán a cazar o a disfrutar con la tortura de los toros, que en la familia hay mucha afición a estas cosas de matar. Pero estoy seguro de que te enseñarán que si te diera por asesinar elefantes, no conviene hacerse fotos con el cadáver y la escopeta al hombro. Que luego todo son losientomuchos, novolveráapasares y, finalmente, la abdicación.

De esta última palabra, abdicación, intentará tu familia que no conozcas su existencia. Que sea un concepto que tu cabeza no entienda y, por tanto, no necesites una palabra para ello. Y sin embargo, tratando de ayudarte, te apunto que sería algo así como tu renuncia voluntaria al empleo de reina. Te parecerá sorprendente que alguien pueda renunciar a tan tremendos privilegios, pero créeme que no es tan raro. Sin ir más lejos, tu bisabuelo y tu abuelo abdicaron. A éste último aún puedes pedirle que te hable de ello. Aprovéchalo cuando esté en casa.

Yo te deseo una vida larga y feliz, Leonor. Pero para que no te veas en el trance de la abdicación, te deseo también que seas feliz sin llegar a acceder nunca al empleo de reina. La solución ideal para esto sería la abdicación de papá, en su nombre y en el de su familia. Habla con él.