Primero de Mayo: no me cuenten más cuentos

Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y me sé todos los cuentos.

León Felipe

Las jornadas laborales de 12, 14 y hasta 16 horas que aplastaban a la clase obrera (hombres, mujeres, niños y niñas) mientras los salarios percibidos apenas alcanzaban para subsistir, fue el origen de la convocatoria de huelga general realizada aquel Primero de Mayo de 1886 en Estados Unidos. Chicago fue la ciudad que respondió con más contundencia a la llamada por la jornada laboral de 8 horas. Y sería en esta ciudad donde se produjeran, en los días que siguieron a la huelga, los hechos que han dado lugar a la celebración internacional del Primero de Mayo.

Varios días después de la celebración de la huelga, al finalizar  una concentración y mitin obrero, doscientos policías se presentan realizando una brutal carga contra los manifestantes, una bomba explosiona y mata a un policía; jamás fue identificado ni el lugar de procedencia ni la persona que la lanza pero el  hecho sirvió de justificación para iniciar una caza de brujas entre los dirigentes más destacados del movimiento obrero. En una pantomima de juicio, en la que todas las partes reconocen que ninguno de los juzgados pudo lanzar la bomba, ocho militantes anarquistas son procesados y cinco de ellos:  Spies, Parsons,  Engel , Fischer y  Lingg, condenados a muerte en la horca, se trataba de los cinco mejores oradores del movimiento anarquista en la ciudad de Chicago. Luis Lingg decidió no reconocer la “autoridad” que el Estado tenía sobre su derecho a la vida y se suicidó en la cárcel antes de ser ejecutado

En 1889, el Primer Congreso de la II Internacional,  celebrado en París, estableció el 1 de Mayo como día de lucha por la dignidad obrera y la solidaridad internacional entre trabajadores y trabajadoras de los distintos pueblos del mundo. Con este acto se honraba la memoria de los denominados mártires de Chicago, haciendo referencia a los dirigentes sindicales anarquistas que fueron condenados a muerte.

Pese a su importancia histórica para el movimiento obrero, tras la Segunda Guerra Mundial, la II Internacional entró en crisis, y, finalmente, quebró. La mayor parte de autores y autoras reconocen que, entre 1870 y 1914, en Europa se habían producido importantes transformaciones; el impulso de la tecnología, de los medios de transportes y las comunicaciones dio lugar a un importante desarrollo industrial, modificó los esquemas de urbanización, extendiendo el modelo de vida urbana a millones de personas. Este desarrollo europeo estuvo íntimamente vinculado al avance del colonialismo e imperialismo europeo. Las riquezas extraídas de los países dominados permitieron mejoras en las condiciones de vida de trabajadores y trabajadoras de las metrópolis pero cercenaron los recursos de los pueblos colonizados y empobrecieron sus países. En realidad, a los primeros solo llegaron migajas de la inmensa acumulación de beneficios que el colonialismo aportó a los capitalistas europeos. Progresivamente buena parte de los dirigentes sindicales de la época justificaron y, finalmente, se beneficiaron de esos recursos, amoldándose a la situación y alejándose del sufrimiento de los más pobres.

En 1899, en Suecia, se firma el primer pacto social entre sindicatos y empresarios, inaugurándose una nueva era del sindicalismo que, posteriormente, las teorías de Keynes consagrarían, la era de la negociación frente a la movilización; de la concertación social frente a la lucha de clases; de la conciliación nacional frente a la memoria histórica.          

En el estado español, pese al esfuerzo del régimen franquista por convertir el Primero de Mayo en el día del trabajo, las movilizaciones en torno a la celebración anual del mismo se vincularon desde sus comienzos a la lucha por la democracia; una democracia que, los más ingenuos o los más osados, pretendíamos popular y participativa. En octubre de 1977 se firman los Pactos de la Moncloa, que dan lugar, tres años después, al  texto articulado con carácter de ley orgánica: El Estatuto de los Trabajadores (las mujeres-trabajadoras una vez más fuimos invisibles). Un texto, sin duda, insuficiente, enmarcado en el conjunto de normativas que consagraba el sistema capitalista como único futuro posible y suponía una continuidad en material laboral con el régimen anterior.

En 1982 el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) gana las elecciones generales. Un partido socialista vinculado a la socialdemocracia europea, tendencia que demostró en su incapacidad histórica para articular un proyecto político propio, plegándose a los designios universales del neoliberalismo.

Tan solo 2 años después de comenzar su mandato, el PSOE realizará la primera reforma laboral creando un amplio abanico de contratos basura, hasta 16 modalidades. Posteriormente fue el contrato juvenil, la ampliación de las causas para el despido objetivo, la consideración de despidos colectivos como individuales, legalización de las ETT (Empresas de Trabajo Temporal), etc. Esta política “socialista” de empleo fue continuada por el Partido Popular, en el gobierno desde 1994, con los contratos de fomento de empleo que abaratan considerablemente el despido  y así sucesivamente. A estas reformas, grandes y pequeñas, siguen otras muchas gobiernen quién gobierne, todas ellas hurtando una y otra vez derechos a la clase obrera.

La crisis sanitaria y económica que ha supuesto la pandemia de la COVID-19 se presenta como otra gran oportunidad para los grandes capitales, esos grandes empresarios que se domicilian en paraísos fiscales, que evaden impuestos, que producen con trabajo infantil en cualquier lugar del  hemisferio sur, que se acogen a la Reserva de Inversiones de Canarias, llevándose el dinero que debería ser invertido en nuestra sanidad y nuestra enseñanza, a donde libremente les dejen invertir y más libremente les dejen explotar a la clase obrera. Esos mismos que se han llenado los bolsillos y nunca nos llamaron para socializar las ganancias nos llaman hoy para socializar supuestas pérdidas. Para ello, en el estado español, se les diseña un plan, una hoja de ruta, unos nuevos Pactos de la Moncloa.

La salida a todas las crisis de la sociedad capitalista han sido construidas sobre nuevos modelos de relaciones laborales con dos grandes perdedores, la clase obrera en general, y especialmente las mujeres de la misma. Si los anteriores Pactos de la Moncloa sirvieron para  cambiar la movilización por la negociación, la presión obrera por la concertación social; estos servirán para diseñar un nuevo modelo de relaciones laborales, no en vano se han probado masivamente los efectos de figuras como el teletrabajo, aparentemente tan beneficio, la cuestión es para quien. Cuantas personas trabajaran como falsos autónomos , cuantas mujeres se verán obligadas a trabajar a salto de mata combinando con el trabajo doméstico y quedando, una vez más, relegadas de los puestos de dirección, cuantas visitas recibiremos en nuestros domicilios de la Inspección de Trabajo para garantizar nuestra seguridad laboral, cuanto ahorrará el empresario en infraestructuras y cuanto pagaremos trabajadores y trabajadoras.

Las incógnitas del  mundo laboral que nos esperan son infinitas pero en ningún caso las respuestas serán favorables para la clase obrera si no nos preparamos para resistir y luchar, porque una vez más se repartirán la tarta sin invitarnos a su mesa.

 Más de 130 años después del primer encuentro de la II Internacional, sus reivindicaciones parecen más actuales que nunca. Las políticas neoliberales han dado al traste con derechos adquiridos a lo largo de años de lucha, hasta la jornada de 8 horas está en cuestión. Entre los obreros de ayer y los trabajadores y trabajadoras de hoy median ciento treinta años y algunas cosas más; el pacto keynesiano, el estado del bienestar, la negociación colectiva, el sindicalismo institucionalizado, las subvenciones millonarias a los grandes sindicatos, la formación continua, la globalización, el neoliberalismo, la pérdida de poder de los estados frente a las grandes multinacionales, la Directiva Bolkestein, la flexibilidad del mercado laboral, el despido libre, la explotación sin precedentes de la mano de obra inmigrante, la RIC, las sucesivas reformas laborales, la pobreza y la exclusión social

Pero un hilo invisible une la historia de estos 130 años del movimiento obrero. La institucionalización del sindicalismo en ese esquema negociador y conciliador, ha funcionado como catalizador de las políticas neoliberales, desarmando a trabajadores y trabajadoras de la mejor arma para afrontarlas: la movilización. El esquema que facilitó e institucionalizó los Pactos de la Moncloa. Así que a mí no me cuenten cuentos porque yo ya me sé todos los cuentos. Y hoy, tal vez más que nunca, siento como propias las palabras de Luis Lingg, antes de morir, refiriéndose al orden capitalista: “Repito que soy enemigo del orden actual, y repito que, con todas mis fuerzas, mientras tenga aliento para respirar, lo combatiré…. Los desprecio. Desprecio su orden, sus leyes, su fuerza, y su autoridad..”

Luci Rodríguez. De Intersindical Canaria