Palabras para Luis Pérez Serichol, nuestro amado líder

Luis Pérez

Texto leído por Julián Ayala en el acto de homenaje póstumo a Luis Pérez Serichol.

Nunca imaginé, cuando veía a Tato lleno de vida, coordinando una mesa redonda sobre cualquier tema de carácter social, exponiendo un proyecto de acción en una de nuestras asambleas o compartiendo con él y con otros amigos y amigas un momento de ocio y diversión, nunca imaginé que un día iba a verme en la ingrata situación que vivo ahora. Pero así es, la vida es una sucesión de placeres y pesadumbres. Los antiguos decían que “por cada bien los dioses reparten a los humanos dos males, algo que los necios no suelen soportar con paciencia”. Voy a intentar no ser demasiado necio.

Luis Pérez Serichol, nuestro amigo Tato, estaba al cabo de la calle en la comprensión de los avatares que circundan la vida de las gentes. Buscaba el placer y la felicidad, como los buscamos todos y todas, pero no se arrugaba ante el displacer y la frustración, más frecuentes de lo que sería necesario para un buen equilibrio emocional. Su vida y su actitud ante la muerte, la única real que es la muerte de uno mismo, son un ejemplo de temperancia y reflexión.

A estas dos virtudes, Luis unía una tercera, la elegancia espiritual de distanciarse de sí mismo. De ahí su sentido del humor, manifestado en los momentos más cruciales de su enfermedad. Recuerdo cuándo, a principios de junio, los médicos le informaron que a su insuficiencia respiratoria se unía la gravedad de un tumor que hacía irreversible su situación. Tato me lo contó con toda crudeza, para al final concluir: “estas son las malas noticias, la buena es que posiblemente me ahorre la visita al dentista, que eso sí que me da miedo”. Me eché a llorar…

Les voy a contar otra anécdota. El sábado, 13 de junio, fue la última vez que Ramón y yo comimos con él. Su primer ingreso en el hospital había aplazado una cita al respecto y, cuando regresó a su casa de Candelaria, ya con conocimiento de la gravedad de su estado, pudimos consumarla. Ramón y yo llevamos los víveres y las botellas, Tato puso el pan, los entrantes y el buen apetito, que solo le abandonó los últimos días. Fue una velada inolvidable. Nos olvidamos de todo y disfrutamos del “carpe diem”. Al final, cuando nos despedíamos, recordé que había llevado un regalo para él, un librito publicado hace unos años que me había dicho que no conocía. Me pidió que se lo dedicara y lo hice; nunca me ha gustado dedicar libros porque no se me ocurre nada original que poner, pero esa vez no dudé y escribí de corrido: “a la única persona que he conocido a quien el nombre de amado líder no suena a ironía”. Tato me dio un manotazo en la espalda y nos acompañó al ascensor. En los veinte y pico días que siguieron hasta el desenlace final, me consta que leyó el libro con atención, pues en los mensajes que nos cruzábamos se refería frecuentemente al mismo…

He publicado muy pocos libros y no es material suficiente para seleccionar el mejor en el aspecto literario y demás zarandajas; pero no tengo la menor duda: para mí el mejor que escribiré en mi vida (si todavía escribo alguno más) es el librito que entretuvo a Luis en sus últimos días y que seguramente en algunos momentos le ayudó a evadirse de la angustia. Solo por eso estoy satisfecho de él. Al margen de su valor artístico, filosófico o lo que sea, que posiblemente no será mucho.

Porque, efectivamente, Luis Pérez Serichol, nuestro amigo Tato, fue un amado líder, el único de los que he conocido al que no le queda largo el nombre. Y no soy yo solo el que opina así, estos días lo están demostrando cientos de personas: compañeros y compañeras pensionistas de aquí y de fuera, periodistas, activistas sociales y políticos de toda clase y condición, incluso personas que ni siquiera le conocían personalmente, pero que le habían escuchado por la radio o le habían oído ocasionalmente en alguna charla. Luis fue un amado líder y no es la menor de sus virtudes.

Para terminar, quiero decirles algo que puede parecer un trampantojo ideológico o una metáfora “muy fatigada”, que diría Borges; pero que, sin embargo, tiene mucho de realidad: Luis no ha muerto, solo ha cambiado su residencia en la tierra. Antes vivía en su propio corazón, ahora vive en los corazones de su hijo, de su madre y de su esposa, de sus hermanas y hermanos, de sus amigas y amigos, de todos sus compañeros y compañeras. Aquí permanecerá siempre hasta que el último de nosotros o nosotras permanezca.

Julián Ayala Armas en nombre y representación de las compañeras y compañeros de la Asociación para la Defensa de las Pensiones Públicas de Canarias