Los últimos mohicanos

Se llamaba Aruka Juma y murió víctima del coronavirus el 17 de febrero de 2021, a la longeva edad de 90 años aproximadamente. Todas las muertes son lamentables, pero algunas suponen una pérdida de un valor incalculable, como es el caso, porque Aruka Juma era “el testigo” (1). Fue el último hombre que vio con sus propios ojos los antiguos ritos y el modo de vida del pueblo Juma. Cuando sus ojos se apagaron, desaparecieron las imágenes nítidas de la caza del jaguar o el arte de la pesca del paiche con curare, según los antiguos usos de su pueblo. Acaso de niño contempló a uno de esos “habladores”, como los de los machiguengas, encargados de comunicar a las aldeas perdidas en la inmensidad de la selva amazónica, que hablaban durante horas ante una audiencia entregada, toda ojos y toda oídos para no perder detalle “de lo que había hecho el día anterior, de los cuatro mundos del cosmos machiguenga, de sus viajes, de hierbas mágicas, de las gentes que había conocido y de los dioses, diosecillos y seres fabulosos del panteón de la tribu. De los animales que había visto y de la geografía celeste, (…) de una cosecha de yucas y de los ejércitos de demonios de Kientibakori, el espíritu del mal, y de los partos, matrimonios y muertes de las familias o de las iniquidades del tiempo de la sangría de los árboles, como llamaban ellos a la época del caucho”(2). De mayor, sobrevivió a matanzas e intentos de etnocidio y con el tiempo se convirtió en el depositario de la memoria colectiva de su pueblo, hasta hace unos días. 

Los pueblos originarios están siendo diezmados por el coronavirus y la muerte avanza sin obstáculo alguno mientras el mundo se empobrece cuando se pierde una cultura, que es tanto como decir una parte de la realidad. Somos aproximadamente 8000 millones de personas y todo hace pensar que el crecimiento cuantitativo conlleva un decrecimiento cualitativo, de índole cultural, y que a más cantidad menos diversidad y más uniformidad. 

Deja tres hijas que continuarán el relato de lo que el testigo vio y seguirán hablando en una de las 2470 lenguas que corren peligro de extinción, en diverso grado, según la UNESCO. Si los cantautores están peligrosamente en declive, qué decir de los “habladores”. Los sofistas del siglo V a.C. enseñaban retórica porque sabían que el relato construye la realidad y que a diferentes lenguas le corresponden diferentes realidades. Las convenciones de la realidad de los jumas desaparecieron con el último mohicano de este pueblo. Todo lo que viene a partir de ahora será investigación, cualificada si se quiere, pero no vivencia. 

Estos pueblos soportan invasiones y sufren escasez, marginación y un proceso de aculturación creciente, aunque también ha habido respuestas a la injusticia secular institucionalizada: el 1 de enero de 1994 el mundo se asombró con la noticia de que un desconocido “Ejército Zapatista de Liberación Nacional” se había levantado en armas contra el Estado mexicano en el sureño Estado de Chiapas, de mayoría indígena. Después de la intervención del ejército se retiraron a la selva Lacandona, donde permanecen. En la ideología del EZLN figura el indigenismo de manera sobresaliente, lo que lo enlaza con las simientes culturales de sus ancestros y con el arte mexicano del S.XX, desde Tenochtitlan a Diego Rivera. 

He convivido, por poco tiempo, visitado o visto algunos de estos pueblos o naciones. Cuatro años después del alzamiento indígena en Chiapas, estuve en un poblado tzeltal, en territorio del EZLN dentro de la selva Lacandona. La paz era tan precaria que aun resonaban los ecos de la matanza de Acteal, perpetrada un año antes por paramilitares en connivencia con el ejército: 45 tzotziles fueron asesinados mientras oraban en una iglesia, 20 eran mujeres de las que 7 estaban embarazadas, 16 eran niños y niñas y 9 eran hombres adultos. El manto del olvido, la corrupción y la incompetencia abrigó tanto a los culpables que aun los están buscando. 

Los zapatistas llamaban a estos poblados liberados “aguascalientes”, en homenaje a la Revolución de Zapata y Villa y, más concretamente, a la Soberana Convención Revolucionaria celebrada en el Estado de Aguascalientes (1914). “Roberto Barrios” que así se llamaba el pueblo, se despertaba temprano y se acostaba temprano, salvo los que veníamos de otras partes del mundo, que conversábamos hasta altas horas tendidos en las hamacas. Las mañanas se iban en canalizar agua para las cocinas y las tardes en bañarnos en un río sembrado de pequeñas cascadas que le daban un encanto singular, las noches estaban sembradas de pequeños reflejos de luz que tapizaban la espesura como estrellas desprendidas del cielo, eran luciérnagas cuyo encanto es difícil de olvidar. 

El movimiento zapatista, romántico en el buen sentido de la palabra, condensó la resistencia del huipil frente al pret-a-porter, las señas de identidad profundas frente a la trivialidad de las marcas y las modas, sujetas a los cambiantes gustos creados por el tecno mercado globalizado. Creo que a esa batalla cultural se están sumando cada vez más adeptos y se terminará ganando, aunque sea en el último suspiro. 

En las extensas llanuras del África oriental los masais conservan el cayado y el ganado. En realidad, ellos son los dueños del ganado del mundo, el pueblo pastor por excelencia, solo que en un remoto pasado alguien les robó algunos animales y por eso hay vacas en otras partes del mundo. Con su esbelta figura, los señores de la sabana pastorean sus rebaños en busca de hierba fresca cientos de kilómetros, porque el masai es feliz viendo comer a su ganado y pasando la palma de la mano por su lustroso lomo, por las noches lo encierran en el centro de la aldea, como el corazón que hace latir su cultura. Ya no matan un león como rito iniciático, porque apenas quedan leones y los masais no quieren que desaparezca ese leal adversario, ese animal totémico, así que los jóvenes guerreros deben mostrar su valor simuladamente. Pero el laibon sigue tirando sus piedras, pulidas de tanto uso, para predecir el futuro, o entorna los ojos para contar viejas leyendas del patrimonio oral de la nación masai. 

En una situación más delicada y vulnerable se encuentran los mursis, del sur de Etiopía. Sus tierras, así como las de los suris, bodis o dassanech, están siendo invadidas y arruinadas por la construcción de la presa Gilgel Gibe III, que el gobierno etíope levantaba por aquel entonces a orillas del río Omo, una de las más altas del mundo vendía la propaganda. La carretera abierta para el transporte de los materiales pasaba a escasos metros de la aldea que habitaban y ruidosos camiones la recorrían sin cesar. Para los mursis el progreso empezó con ruido, mucho mucho ruido, demasiado ruido y así avanza entre estas gentes conocidas por el plato que las mujeres llevan en el labio inferior a modo de atributo estético, mientras sus cultivos de tubérculos y calabazas necesitan agua, pero el agua estaba siendo apresada río arriba. 

Los miméticos himba del norte de Namibia se confunden con el paisaje por la tintura ocre con la que adornan sus cuerpos. Cuando te toca en suerte una potencia colonizadora como la Alemania prusiana del s.XIX cualquiera no quiere pasar desapercibido, pero no era eso claro, sus adornos corporales son constitutivos y necesarios, no contingentes. Venden sus artesanías en lugares cercanos a sus pueblos, como el Parque Nacional de Ethosa, aunque en los últimos años tienen que lidiar con la peor sequía de las últimas tres décadas, que amenaza toda el África austral hasta Ciudad del Cabo. Hay que actuar también aquí para que llueva allí porque la naturaleza está interconectada y el pensamiento acerca de su estructura y evolución debe ser holista. 

Borges decía que los mexicanos descienden de los aztecas, los guatemaltecos-hondureños-salvadoreños y demás pueblos mesoamericanos desciendes de los mayas, los ecuatorianos-peruanos-bolivianos de los incas y los argentinos y uruguayos descienden de los barcos. No todos, cabría matizar, los mapuches no llegaron en barco desde España y ahí están, entre la Araucanía chilena y la Patagonia argentina, luchando contra las empresas que codician sus tierras, sea Endesa o Benetton, sean madereras o ganaderas. Como a David, nadie apuesta por ellos en esa batalla, el Estado es Capital sólidamente anclado pero su paciencia de milenios les ha enseñado que quien resiste gana y ese as en la manga lo juegan con maestría, además lo hacen en las cercanías de Temuco, cuna de un soldado de la poesía y un resistente como fue Pablo Neruda. Y en Uruguay quedan charrúas, pocos, pero quedan, véase el documental “Un país sin indios”, que llenaba la filmoteca de Montevideo hace un par de años, y que lo demuestra conmovedoramente. 

Hoy el coronavirus, como ayer la gripe o la viruela, el alcohol o la pólvora, los mastines o el mercurio arrojados a sus ríos, hace tambalear a estos dolientes pueblos a los que un día, unos extranjeros encandilados por las cuentas de colores de las pepitas de oro y por los abalorios con reflejos de luz de los diamantes, les envenenaron su tierra, su aire y su agua y le dieron el nombre de “civilización”. Si oyéramos el relato tzotzil, chol, tzeltal, ixil, cachiquel, tojolobal,  garífuna, quechua, aimara o guaraní, que también hablan español, oiremos que lo que es civilización para unos para otros es barbarie, como pensaban los sofistas, esos maestros. 

Gerardo Rodríguez es miembro del Secretariado Nacional del STEC-IC *