Los hoteleros reivindican bonificar las vacaciones de peninsulares

Chema Tante

Es el colmo del cinismo y de la estupidez general. El turismo masivo ha sido en Canarias una ruina social y una aberración, tratándose de un territorio alejado. Traer 16 millones de turistas, 32 millones de prolongados trayectos aéreos contaminantes, alimentarlos y atenderlos con productos importados, que han recorrido también largas distancias, quemando combustible, derrochar la energía generada quemando fósiles, que también hay que traer; y derramando sin tasa el agua que le quitan a la ganadería y la agricultura, todo eso para que se enriquezcan, más, las empresas hoteleras. Pero como la gente de la política no es capaz, no ya de imaginar cosas nuevas, sino de escuchar a quienes sí imaginamos y proponemos, se empeñan en repetir el mismo funesto modelo anterior.

Pero como, además, es un modelo inviable, para que la gente venga a Canarias, hay que traerla prácticamente gratis. Ya antes de esta tragedia pandémica, atraían al turismo con precios de miseria. Ahora, lo quieren hacer a precio regalado. Pero regalado, no por los hoteleros, sino por todas y todos los canarios. Porque para bonificar las vacaciones al turismo peninsular se estallarán el dinero que Canarias necesita para implantar nuevas actividades económicas e impulsar las ya existentes, menos imbéciles que el turismo masivo. Desalación, renovables, sector primario, agroindustria, industria liviana, gestión del conocimiento… Es el mismo guineo, sí. Pero es que esta gente no escucha, no entiende, no atiende. Y como colofón escalofriante del asunto este, van a engordar al turismo, con el dinero nuestro, para que la cobiellaquería marichalera siga intentado arramblar con las perras que haya. Y esa gente turista, como Ángel Víctor, Román y el Julio blanqueador saben muy bien, vendrá pertrechada con un PCR que también le pagará el pueblo canario con el  dinero que necesita para encaminar su economía. Pero un PCR que no solamente no servirá para nada, sino que será la espoleta de una bomba de relojería, porque, desde que le hagan el dichoso test a la persona agraciada con nuestro dinero con un viaje a Canarias, hasta que se embarque, tiene mil y una oportunidades de infectarse. Y, como viene de vacaciones y le han dicho que está limpio o limpia cual patena, se regodeará por las islas, esparciendo alegremente el condenado  virus por doquier. Me dirá el enterado de turno, que eso sería una excepción. Y yo le diré que y dos piedras. Pueden ser excepciones, sí, pero no una, ni dos. Y, aun así, basta con una persona infectada para armar de nuevo la verbena vírica. Y yo proclamo que, como haya una persona muerta en Canarias, después de que monten este circo siniestro, la gente de la política y la gente del turismo deberá ser juzgada por homicidio. Y no sé yo si involuntario. Desde luego temerario lo será y en gran medida. Yo grito y grito y ojalá me equivoque. En su empeño por practicar lo que Irma Ferrer llama la tanatopraxis, manejando un muerto, a quien van a matar es a gente canaria y a turistas. Y a ver qué cuentan entonces, a la familia y a la opinión pública. A ver a quién le piden más dinero, después de haber invertido en una reactivación orate los recursos que van a recibir. ¿No se enteran de que van a hacernos correr un riesgo desquiciado? Y si me equivoco, cosa que deseo fervientemente, y no se produce una repetición del infierno que hemos sufrido, todavía quedará pendiente el otro crimen. El de mantener una actividad ecocida. Porque turismo masivo es ecocidio. Lo es, lo ha sido y esta gente quiere que siga siéndolo. Hasta que, y ahí sí que no me equivoco, nos quedemos sin Planeta. ¿Ya tienen su búnker en Nueva Zelanda, Cobiella, Marichal y compañía?

Chema Tante