Lanzarote: crisis agraria y crisis social (I)

Wladimiro Rodríguez Brito

Los últimos acontecimientos nos obligan a mirar para dentro en una isla que importa hasta el perejil. Lanzarote es un ejemplo de un pueblo que ha hecho un uso de los recursos con gran sabiduría y cariño, siendo los campesinos conejeros lo que hoy llamaríamos ecoambientalistas, por la capacidad que han tenido de domesticar la naturaleza. En otras partes del mundo con pluviometría similar apenas hay agricultura.

Cabe preguntarse ¿cómo ha sido posible la agricultura con unas precipitaciones que apenas superan los 100 litros m2/año?, y lo han hecho cultivando en los años 80 algo más de 20.000 Has, destacando, no solo frutales en zonas áridas (tuneras, higueras, vid), sino cultivos exigentes en recursos hídricos (tomates, cebollas, boniatos, calabazas, papas, etc.), siendo incluso exportadora en los setenta (boniatos al Reino Unido y Holanda, o tomates a Barcelona).

En otro estado de cosas, en Lanzarote se producía alimento para la población: cereales, legumbres, maíz, papas, frutales, ganadería. Los recursos eran nateros, gavias, arenados, el “rofe”.

Agricultura nabatea. El Barranco de Teneguime es una referencia de domesticación de la naturaleza, la lucha contra el viento, el sabio manejo de las arenas organógenas que deja la marea en la playa de Famara, y que el alisio y los campesinos hacen que circule hacia Playa Honda, manejando con setos y trabajando la circulación de la arena por el centro de la isla, desde la limpieza de las aulaga hasta los canales de circulación del jable, uno de los capítulos más bonitos de la agricultura canaria: bardos para frenar el viento que deposita la arena al pie del seto, con el que se renueva el suelo. Otros manejos, como la época de cultivo, el ahoyado en el caso de las batatas, abonado, manejo de los jables. Esto permitió obtener cosecha sin caer un litro de agua, como ocurrió en 1948, cuando se obtuvo una cosecha de boniato en uno de los años más secos de la historia de las islas.

Sabiduría: campo, naturaleza y economía. Los conejeros aprendieron muy bien el manejo local del campo.

No hemos preparado a nuestro pueblo para incorporar una sociedad de servicios conviviendo con el mundo rural, para pasar de la cultura familiar a incorporarse a la sociedad urbana. Producir para la isla, el resto de islas, o el mercado exterior. Es preciso dignificar lo local, ya que solo el vino y el queso de cabra lo encontramos en los supermercados, porque estos adquieren todo fuera de la isla.

Veamos el caso de las batatas de Lanzarote. Cultivadas en jable o arenados, iban a los mercados de Rotterdam, o Liverpool, o la Península. O cebollas de Lanzarote en Valencia o puertos africanos. Qué decir de los tuneros o la cochinilla.

La viña, como referencia histórica, ha salido mejor parada en la nueva coyuntura económica cultural, en la que el turismo y el mundo urbano no la han podido devaluar, como ha ocurrido con las batatas, cochinilla, legumbres, etc.

De las algo más de 20.000 Has labradas en el Lanzarote de los años ochenta, hoy nos quedan menos de 5.000, y de estas, la viña significa más del 90% de los terrenos realmente cultivados, mejorando incluso en superficie con respecto a 1980. Gracias a eso, nos queda un paisaje humanizado, y los vinos significan una referencia de un ayer, y esperamos que sean una manera de apoyar y potenciar la cultura agraria de antaño, como semilla de un mañana en el que el campo y los campesinos sean siembra de una sociedad que dignifica la naturaleza, el trabajo y el campo.

Esperamos que no sea como referencia el síndrome colonial de los que demandaban los boniatos de Lanzarote en Inglaterra y Holanda, por parte de la primera generación de emigrantes de Surinam, Antillas, Pakistán, África Ecuatorial. La segunda generación, es decir, los hijos de los emigrantes, ya no quieren los alimentos de los padres, se pasan a las hamburguesas, pizzas, los platos de la Europa supuestamente desarrollada.

En Lanzarote, tampoco queremos campo, ni poner un caldero al fuego, aunque los tiempos nos obligan a otra lectura en una isla con 160.000 personas mirando para el exterior, desde las lechugas hasta el pasto para los camellos para pasear turistas que esperamos los próximos años, o las 20.000 cabras que debemos alimentar con pastos regados con aguas que debieran reutilizar

Wladimiro Rodríguez Brito