La suma de pandemias, la extrema vulnerabilidad de Canarias

Estamos metidos de lleno en la segunda ola de una pandemia que ha tirado abajo, de una tacada, el supuesto sólido tinglado sobre el que se sustentaba el sistema. Está dejando tras sí un mundo perplejo, desolado, vacío, arruinado y castigado por la enfermedad y la muerte. Hasta ahora, Canarias no ha sido de las comunidades más perjudicadas. No tengo claro a qué se ha debido: regiones no insulares fueron, en un principio, tanto o incluso menos castigadas que la nuestra. Las políticas de lucha contra el virus fueron las dictadas desde Madrid y cuando se intentó tomar medidas autónomas, fueron abortadas. No parece que nuestra población asumiera con más disciplina el encierro, las restricciones y las recomendaciones. Nuestra Sanidad Pública, al menos, no es mejor que la de otras comunidades. Nuestros epidemiólogos, a pesar de su competencia, no adquirieron – como en todas partes – el protagonismo y la capacidad de decisión que debieron. Solo en agosto, ante el intenso repunte de Las Palmas de Gran Canaria, se dictaron con éxito medidas precoces que luego fueron remedadas por el resto del país. No sé, se me ocurre que, en primavera, el tráfico de personas (los taxis que coge el virus para desplazarse y atacar) fue aquí mucho menor en función de nuestra insularidad y, sobre todo, de nuestra lejanía. 

No soy un experto en epidemiología y salud pública. Soy un nefrólogo clínico jubilado – que no retirado – que se ha pasado más de 30 años siendo testigo de la mala salud del pueblo canario e intentando mejorarla. Quizás ello me permite tener una visión global del escenario sanitario que se presenta con esta epidemia. En Canarias, el coronavirus se encuentra con el terreno más propicio para hacer daño. El archipiélago es el líder en padecer la mayoría de los factores de riesgo que complican la covid-19: somos los más gordos, de los más hipertensos, los más diabéticos, los más cardiópatas, los más nefrópatas y los más asmáticos. Tenemos la peor salud cardiovascular de España y de las peores de Europa. La obesidad y las enfermedades cardiovasculares derivadas de la misma constituyen una pandemia crónica, sorda, sin marketing, casi inadvertida, que asola al mundo civilizado y buena parte del emergente. Estas enfermedades cardiovasculares producen un goteo diario de muertes que se cobra en el mundo, al cabo del año, millones de vidas. Son las culpables del 21% de las muertes evitables. Es la primera causa de muerte. Esta pandemia de fondo tiene un importante gradiente social: la sufren con mucha más intensidad las clases menesterosas. Es más, la desigualdad social (la pobreza en un marco macroeconómico de país desarrollado) es el carburante que mueve el convoy mortal de la obesidad y todas sus vagonetas…y en Canarias la mayoría de la población es pobre o llega difícilmente a fin de mes. La covid-19 también tiene un incontestable gradiente social: ataca y mata sobre todo a los minusválidos sociales aunque solo nos enteremos que la padecen los famosos. En suma, la coincidencia de pandemias hace de Canarias una región extremadamente vulnerable al empellón del coronavirus. Aquí los corona están haciendo juegos malabares con antorchas en un piso de pólvora… 

Dado este crítico panorama, cualquier precaución es poca. No estamos, ni mucho menos, blindados contra el virus. 

No hemos controlado la enfermedad. Aunque tengamos los mejores resultados de España, estamos en una zona intermedia de riesgo y, si recurrimos a criterios europeos, estamos al borde del semáforo rojo. Somos la cola del león, pero recordemos que el león es león hasta la cola. Nadie sabe lo que hará el virus al día siguiente: Asturias, ayer era ejemplo de contención de la epidemia, hoy está confinada. Sufrimos un grave brote en Las Palmas de Gran Canaria y ahora Santa Cruz de Tenerife está en semáforo rojo. Pienso que en el cálculo de riesgo específico para las islas, no se le ha dado el suficiente peso al parámetro de la vulnerabilidad de nuestra población. Y aún no ha llegado lo duro: el invierno con los embates de la gripe estacional y otras enfermedades respiratorias. 

Con este panorama, hay que cortarle de manera obsesiva todos los caminos al virus. No solo los creados por la violación de las normas higiénicas y de aislamiento social por parte de la ciudadanía sino el que usa el flujo de personas como vehículo infeccioso. Llama poderosamente la atención que no se haya mencionado, ni incluido en los análisis, el papel del flujo de visitantes (tanto extranjeros como nacionales) que nos han visitado sin el más mínimo control sanitario. Lo primero que se hace en una peste es cerrar las puertas. Según fuentes oficiales, durante los meses de julio y agosto entraron en nuestros aeropuertos casi un millón de viajeros, mitad extranjeros y mitad nacionales. Muchos en vuelo directo de lugares muy infectados… Se comprende que no sea bueno nombrar la soga en la casa del ahorcado, pero no se puede incurrir en esa grave dejación cuando está en juego la salud de todos. Una prueba implícita de la preocupación por minimizar los casos importados, de la necesidad urgentísima de controlar nuestras llegadas (la temporada alta ya está aquí) es la petición constante (desde junio) por parte de los hoteleros locales y del Gobierno de Canarias, de pruebas diagnósticas en origen y en llegada. La medida nos beneficia a todos, a la patronal hotelera local por razones obvias, a nosotros para evitar el puntillazo definitivo y al gobierno para evitar la revuelta social que, muy probablemente, se produciría, en caso de desmadre de la pandemia. El que repase la historia social de Canarias, constatará que el canario es un hombre basalmente tranquilo pero que se vuelve explosivo cuando le aprietan demasiado las tuercas. 

Y entonces… ¿Cómo no ha habido manera de conseguirlo si Portugal, por ejemplo, lo ha puesto en marcha en sus islas desde hace tiempo? En mi opinión, ha sido el gobierno central el que acogotado por la excesiva dependencia económica y social del turismo y secuestrado – como todos- por las élites dominantes, no ha querido priorizar los intereses de sus ciudadanos y de la industria hotelera local – que les da de comer – sobre los intereses de los grandes turoperadores europeos que son los que, de verdad, parten y reparten el bacalao. ¿Y el gobierno Canario?.. Bueno, entre bomberos no se van a pisar la manguera… A ellos no les interesa que se moleste a los turistas. Imponen la Ley del Silencio… Lo de siempre; lo mismo ocurre con la comida industrial, con la comida procesada, que está enfermando masivamente a la población con la escandalosa pasividad de la Unión Europea. 

Mientras escribo estas líneas, se está celebrando una reunión gubernamental sobre la conveniencia e idoneidad de las pruebas diagnósticas a nuestros visitantes. Espero que no se limite la cuestión a los turistas extranjeros. De los acuerdos conseguidos en ella depende que se reduzca mucho la posibilidad de que no se dispare la pandemia en invierno hundiendo nuestra principal y casi única fuente de ingresos, metiendo a nuestro pueblo en cotas inasumibles de mala salud y disparando de manera casi irreversible el circulo vicioso de pobreza- más enfermedad- más pobreza. Saldríamos del primer mundo. Nos estamos jugando el futuro. Un pueblo enfermo y cada vez más pobre tiene vedado el progreso. 

Ojalá la reapertura turística sirva de punto de inflexión para sentar las bases de un cambio de modelo en la productividad en nuestra tierra, donde un turismo selectivo, sostenible, seguro y rentable ocupe una importante parcela de nuestra economía pero dejando espacio a otras muchas fuentes de captación de recursos para nuestro archipiélago. Ojalá que, a pesar mi edad, sea testigo de los albores de ese cambio de rumbo. 

Benito Maceira