La salud, la sanidad, gobernantes y ciudadanos (2)

El insuficiente protagonismo de la salud pública. En el seno del sistema sanitario tiene una posición subordinada a la asistencia y en el conjunto de las administraciones públicas escaso poder de influencia, arroja dudas sobre el genuino interés de la sociedad por la salud, pero también sugiere la existencia de una cierta debilidad de la propia salud pública, relacionada con el escaso reconocimiento que tienen la profesión y, en consecuencia, sus profesionales. Este es un aspecto que de forma decidida habría que revertir. El gasto per cápita en salud pública en Canarias gira en torno al 11£/año. Quién puede dudar hoy que la pobreza, el desempleo, el abuso sexual, el maltrato infantil, las familias desestructuradas, la migración forzosa, el consumo de tóxicos, las catástrofes, y eventos traumáticos, tiene relación con los trastornos mentales del adulto.

La atención primaria recibe una cuota de presupuesto ridícula para la labor que realiza. Se infravalora su labor y se magnifican las tecnologías médicas del espectáculo. En la pandemia hemos visto, que solo se ha nombrado esta red de atención a la comunidad, en el período de desescalada cuando durante toda la pandemia han estado conteniendo sin prensa la propagación del virus, con escasa protección y la ayuda venía de sus propios vecinos. El gasto en Canarias per cápita en la atención hospitalaria y especializada sigue cuadriplicando al de atención primaria, según el informe de Abasolo y Valcárcel. Sin duda alguna es necesario aumentar los recursos que se dedican hasta llegar al 25-30% del gasto sanitario, pero esto solo no es suficiente. Se debe modificar su oferta de servicios, adecuándola a las nuevas demandas y a la cronicidad y envejecimiento de la población. Para ello, deberían incorporarse nuevos profesionales a los equipos, así como nuevas tecnologías y servicios que les capacitasen para una mayor resolución. No vale solo el uso de su fuerza moral, como ha ocurrido en la pandemia.

Al descubrir ahora la teleasistencia o telesalud que se encontraba en los márgenes del sistema sanitario, ahora lo fácil sería considerarla la panacea para el cambio del sistema sanitario. Esta tecnología puede ser útil en determinadas situaciones clínicas, muy definidas, pero no deberá nunca sustituir a la clínica presencial, más aún, en la asistencia a la salud mental. Para algunas personas y en algunos contextos podría ser el único soporte que se pueden obtener, y creo que es mejor que ningún soporte. Esta práctica no es equitativa, hay más que duda de su privacidad, originan dependencia, y muchos usuarios no la prefieren.

Será una aberración que la atención psiquiátrica descanse en la teleasistencia y los psicofármacos. La desaparición del sujeto. Volvemos al sujeto como una cosa. A otra manera de encerrar.

Francisco Rodríguez Pulido. Profesor Titular de Psiquiatría ULL