La maldición de Tindaya

Hace treinta y cinco años Chillida soñó con horadar una montaña desde la que ver la luna y el sol. El escultor vasco propuso perforar la roca volcánica de Tindaya (Fuerteventura) para hacer un cubo en su interior de 50 metros de lado, pero no contó con que su cima fuera un santuario, un templo al aire libre desde el que los pobladores prehispánicos de la isla miraban al cielo en búsqueda de respuestas. 

Eduardo Chillida (1924-2002) murió sin montaña. Quiso ser el genio de la lámpara. Transformar en patrimonio artístico lo que aparentemente solo era una majestuosa montaña, pero Tindaya no solo destacaba por sus valores naturalísticos, etnográficos y arqueológicos, sino que históricamente se la conocía como ‘la montaña de las brujas’, un monumento natural sobre el que abundan leyendas, cuentos y supersticiones entre los habitantes de la isla. 

Fueron muchos los obstáculos que ante el sueño del escultor no tardaron en presentarse. En las primeras evaluaciones se determinó que el cubo no podía exceder de los 40 metros, luego llegaron las voces de los ecologistas, seguidamente de las críticas de los arqueólogos, así como de los antropólogos. 

El vaciado de la montaña sagrada no fue posible. Lo único prodigioso que allí sucedió fue la desaparición, como por arte de magia, del dinero de los canarios. Chillida murió en medio de continuos pleitos judiciales, perplejo ante las irregularidades y corruptelas políticas que ensombrecieron un sueño convertido en pesadilla. “Parece una maldición”, llegó a declarar, y durante años las visitas a los tribunales se sucedieron, unas tras otras, como en El cubo, un film de terror en el que un grupo de personas terminarían revelando la razón por la cual se encuentran allí, el cómo, y, sobre todo, por qué llegaron allí. 

Cuando el escritor canario Jesús Giráldez reeditó su ensayo Tindaya: El poder contra el mito añadiendo un nuevo capítulo surgido de los acontecimientos referidos al llamado Caso Tindaya, declaró que se trataba del “caso de corrupción más flagrante de la historia de Canarias”, en el que “desaparecieron más de 950 millones de pesetas de dinero público y dos mil millones destinados al estudio de viabilidad técnica del proyecto sin que se moviera una sola piedra”. 

Son muchos los que consideran que la obra de Chillida aportaría a Fuerteventura un lugar internacional en el mundo del arte y que ello justifica la realización del proyecto monumental, que nacía del poema Lo profundo es el aire, de Jorge Guillén, y de la visión del propio escultor de una montaña despojada de su interior para que el espacio entrara en ella, un homenaje a la pequeñez del hombre, y un monumento a la tolerancia. Por el contrario, un amplio sector de la sociedad canaria opina que el valor de su patrimonio es lo que convierte a esta montaña en un auténtico monumento natural digno de conservación. 

La montaña de la discordia es una pirámide tan perfecta que llama la atención desde lejos. Sus antiguos moradores (los majos) dominaron el conocimiento astronómico como pilar del conjunto del saber sagrado sobre el que se sustentaba todo su mundo. Un saber que les permitió determinar el tiempo de cosechas, o prever si la preciada lluvia llegaría para sobrevivir. 

Los majos subieron hasta la cima y convirtieron el lugar en un oratorio desde el que observar y precisar el paso de los astros a lo largo del ciclo anual. Algo que sabemos por los podomorfos (grabados rupestres de diseño rectangular que simulan pies humanos), que se concentran mayoritariamente en la vertiente sur y noroeste de la montaña, apuntando directamente a accidentes geográficos como el Teide o el Pico de Las Nieves (máximas alturas de las islas de Tenerife y Gran Canaria). 

Según el Instituto de Astrofísica de Canarias, dicha distribución apunta a una orientación que combina lo geográfico y lo astronómico. Los investigadores que estudian la relación de los yacimientos arqueológicos y los cuerpos celestes, señalan que determinaron con exactitud el solsticio de invierno y el tránsito de la luna y venus durante las diferentes estaciones. Tindaya sería, por tanto, un gigante reloj astronómico. En el espacio de la leyenda se habla de una casta sacerdotal de mujeres y hombres presente en la montaña, a la que los reyes de Fuerteventura acudían para recibir sus consejos y actuar en consecuencia. 

La ubicación y orientación de la montaña ha favorecido que se convierta en un espacio donde sobreviven los endemismos canarios y exclusivos de Fuerteventura. A esta riqueza florística se añade la abundancia de aves catalogadas como raras o en regresión en todo el Archipiélago. Todos este enorme patrimonio natural y cultural convirtieron Tindaya en Bien de Interés Cultural de acuerdo con la ley nacional y espacio natural protegido por decisión del Parlamento Canario. 

En la actualidad el Ejecutivo y el Cabildo de Fuerteventura tienen los derechos de autor del proyecto del escultor Eduardo Chillida para la montaña de Tindaya, con un contrato en el que se establecen una serie de condiciones. La primera de ellas es el respeto absoluto al proyecto de Chillida, la segunda es el respeto medioambiental, y la tercera la creación de una Fundación en la que están representados los herederos del escultor, el Gobierno de Canarias y el Cabildo. Pero hace unos días saltó la noticia en el Diario de Fuerteventura de que “Cabildo y Ayuntamiento quieren resucitar el proyecto de Chillida”, el “cubo blanco” convertido en “agujero negro”. 

Durante siglos, Tindaya fue escenario de rituales religiosos y de prácticas de carácter sagrado. Así lo recogen las crónicas de Abreu Galindo escritas a finales del siglo XVI. Entrar en sus dominios es introducirse de lleno en un mundo al margen del nuestro, de una magia que te eriza la piel. Un enclave de naturaleza y vida, pero, sobre todo, una puerta de acceso a lo desconocido. Quizá el escultor tenía razón y las brujas, antes de ser expulsadas, maldijeron a todo aquel que osara profanar la montaña.

Ana Sharife