La escuela ayuda a la familia, no la sustituye

Sobrepeso y obesidad infantil: La cuestionable varita mágica escolar.

No es nada novedoso que, de tiempo en tiempo, aparezcan en los medios de comunicación datos, informes, opiniones, sobre la llamada epidemia del siglo XXI: el preocupante aumento sostenido del sobrepeso y la obesidad en la población mundial occidental, o en países que no lo son, pero han adoptado su cultura. Cifras aún más negativas cuando se trata de población infantil o adolescente, pues nos presentan un panorama futuro de salud adulta muy inquietante.

En estos días, ha habido un rebrote de las noticias al respecto, pero más sostenido, más masivo y, especialmente, más exigente en cuanto a la necesidad de medidas gubernativas, preventivas y urgentes, que frenen estos datos tan preocupantes. En España, incluso un editorial del periódico del régimen y del IBEX 35 (elpais.com) se ha referido a ello, demandando que las autoridades actúen de forma inmediata. Pero, en mi particular opinión, tan loable interés tiene un error de bulto. Concretando, la medida preventiva estrella que solicitan es recurrir, una vez más, al Bálsamo de Fierabrás, la Lámpara de Aladino y la Varita mágica de las Hadas típica y tópica: la escuela.

Reiterativamente insisten, como en tantos otros casos de problemas sociales, en solucionar prioritariamente el tema en el ámbito escolar. En este caso, más concretamente, en las horas de Educación Física, aumentando el horario de ésta, hacia un mínimo de 3 horas semanales, o más.

Desde un punto de vista particular, profesional, egoísta, quien suscribe estas líneas no podría estar más de acuerdo, encantado, eufórico si quieren, con esta propuesta. Como profesor de Educación Física, más horas disponibles de tu especialidad en tu centro escolar me vendrían de perlas: menos horas de otras asignaturas para completar tu horario laboral, menos posibilidades de que te caiga encima la dura y agotadora responsabilidad de ser nombrado tutor, etc. Pero, seamos serios, lo es que positivo para ti, puede que no sea precisamente una solución viable para la sociedad.

 En este caso, lo pongo muy en duda, por larga experiencia y preocupación personal en el tema.

En primer lugar, ya llega a ser hasta cansina, la insistente insistencia (valga la redundancia) en buscar en la escuela la punta de lanza, la primera solución a toda clase de diferentes problemas sociales. Sobre todo, en el campo de las ideas progresistas en que me muevo, pero discrepo en  este tema, tengo la fundada impresión de que seguimos pensando y razonando en el aspecto de la influencia de la educación escolar  en la sociedad, como si estuviéramos todavía en la Francia de la época revolucionaria. En esa etapa histórica, en cada uno de los pueblos, la influencia en las mentes populares dependía de cuatro actores principales: el alcalde, el cura, el médico y el maestro. Los dos primeros solían ser más reaccionarios y conservadores, los dos últimos más progresistas. Pues con esa mentalidad seguimos: que la escuela tiene una influencia capital, importantísima, fundamental, decisiva en las mentes y el comportamiento social. Pues no señores, eso ha cambiado mucho. Los centros docentes tienen su influencia, pero mucha menor que antaño. Ya los medios de comunicación masivos y las redes sociales, por ejemplo, influyen más, mucho más, en los comportamientos sociales. Por tanto, es un absurdo el planteamiento que, erre, que erre, se sigue repitiendo: ¿qué hay problemas de violencia de género, racismo, xenofobia, machismo, de salud, de insolidaridad, sexuales, de discriminación, de delincuencia juvenil, de alcoholismo y drogadicción,  etc. etc… de sedentarismo, sobrepeso y obesidad…? La primera y decisiva medida a tomar es… afrontar el tema en el ámbito escolar. No, no y mil veces noLa escuela puede y debe ayudar en los problemas sociales generales que no son su especialidad. Pero no puede sustituir ni a la familia, ni a los servicios sociales, ni a la policía y los jueces, ni a la sanidad pública… ni derrotar a los medios de comunicación masivos, si éstos, encima, trabajan en su contra. Veámoslo  con más detalle en este tema del sobrepeso y la obesidad infantil y juvenil.

En las más de tres décadas de mi experiencia docente en el tema de la educación física, el deporte y la salud escolar, he observado  avanzar, año tras año, progresivamente, un fenómeno con dos aspectos diametralmente opuestos. En mi infancia y adolescencia, hace casi 50 años, las posibilidades de la práctica reglada del deporte eran pocas. Fútbol mucho, lucha canaria,  algo de baloncesto, y ya las otras especialidades como tenis, natación, etc. eran algo muy minoritario. Y deporte para las féminas, aún menos. Sin embargo, las diferencias en  la preparación física entre los que practicaban deporte y los que no lo hacían, en aquellos años, eran pocas. Quien no hacía deporte, no era sedentario. Se caminaba mucho, estábamos en la calle, haciendo juegos activos, con mucha frecuencia, a veces había que doblar el espinazo ayudando a los padres y madres, etc. Casi todos movíamos bastante el esqueleto, el cuerpo, los músculos.

Hoy en día se han  formado, paulatinamente, dos grupos diametralmente opuestos. Han aumentado mucho las posibilidades de la práctica de deporte y el ejercicio físico. Tanto en deportes reglados, como en gimnasios, etc. la variedad y cantidad de oferta  es inmensa. La profesionalidad y el aspecto científico de los entrenamientos han mejorado. Además, la incorporación de las niñas y mujeres al deporte ha sido impresionante, aunque todavía no se ha igualado con los varones. Los niños y niñas, chicos y chicas deportistas alcanzan niveles de preparación y rendimiento físico impensables en épocas pasadas: tiempos asombrosos en natación, largas carreras de montaña sin ser todavía mayor de edad, etc. Y no son casos aislados. Detrás de estos superdeportistas, hay toda una masa que, sin alcanzar niveles de excelencia, hacen un estilo de vida activísimo, con gran cuidado en los otros aspectos de su vida saludable: alimentación correctísima, descanso adecuado, ausencia de cualquier tipo de consumo de substancias adictivas, etc. Un panorama muy esperanzador.

Por otro lado, el caso radicalmente contrario. Otra parte de la infancia y la juventud está alcanzando unos niveles de sedentarismo y mala alimentación muy, muy preocupantes. No sólo no hacen deporte o ejercicio reglado. Es que ni siquiera caminan unos pocos kilómetros al día, sea para ir o venir al colegio, pasear, etc. Juegos activos, cero total. Televisión, móvil, táblet… son sus pasatiempos. Y la alimentación, todavía peor. Escasísima fruta o verdura, muchísima bollería industrial, mucha sal y picantes, horarios de comida incorrectos (no desayunan y luego se atiborran a dulces), etc. Sobrepeso, obesidad, presión sanguínea alta para su edad, niveles cada día mayores de diabetes, colesterol ya en la infancia… Un panorama devastador. Un futuro de un sector numeroso de la población que tendrá una vida adulta con graves problemas de salud. Un gasto sanitario que se disparará a cifras alarmantes.

¿Qué puede hacer la escuela con respecto a este segundo grupo? Algo, pero no mucho. Nada decisivo, que pueda revertir la situación de forma evidente. Sin el concurso de campañas masivas de concienciación de la población, especialmente orientadas a las familias y a la alimentación, a través de los medios, y con leyes que favorezcan lo bueno y debiliten lo malo, la escuela sola… no puede hacer nada apreciable. Dos o tres, o incluso cuatro horas de educación física en el colegio, son irrelevantes para cambiar lo importante: el estilo de vida y de alimentación.

¿Medidas que sí podrían ser efectivas? Algunas como éstas. La primera, campaña masiva en los medios, desde los ámbitos gubernativos, dirigida específicamente a las familias, a favor de la actividad física y contra el sedentarismo. Suprimir el transporte escolar en Educación Secundaria y último ciclo de Primaria en trayectos de pocos kilómetros, y hacer una campaña de concienciación a los padres para que no lleven a sus hijos al colegio en su coche… ¡Qué  caminen, o vayan en bici! Atacar con impuestos especiales la alimentación industrial de bollería o con grasas trans, y dedicar esos ingresos al fomento del deporte. Lo mismo hacia las bebidas supuestamente energéticas (azúcares y cafeína a tope), etc. Entonces, la escuela sí podría echar una mano, o las dos, para lograr el objetivo de revertir esta preocupante situación. Porque sola, y en primera línea, el fracaso está garantizado. Porque la escuela no puede ni controlar ni influir decisivamente en los que comen y lo que hacen los infantes y adolescentes en la mayor parte de su vida diaria, que son horas no escolares.