Nos ha tocado vivir un cambio de ciclo. Un nuevo paradigma mundial regirá nuestras vidas. La crisis de la covid-19 es solo el primer peldaño de una escalera inestable que por momentos parece descender a los infiernos. El viejo régimen pasea delante de nuestros ojos mostrando ufano todas sus vergüenzas. Es un espectáculo dantesco. No es agradable la impúdica exhibición de la decrepitud pero estábamos avisados, no nos puede coger por sorpresa. Hace ya mucho tiempo que eran visibles los síntomas de un final que no quisimos ver. Oímos los estertores de la muerte, pero no quisimos escuchar. Depredamos, expoliamos, deforestamos, extinguimos hasta llegar a  depredar-nos, expoliar-nos, extinguir-nos. La imparable depredación del capitalismo ha roto el equilibrio de la vida.

El futuro pasa por garantizar la soberanía alimentaria, conseguir la independencia energética y ser una región autosuficiente, para ello hay que reforzar lo público recuperando la confianza ciudadana en las instituciones públicas y deshacer todo lo hecho en materia de uso del territorio bajo una ideología liberal y mercantilista que nos ha llevado a esta encrucijada de muerte y destrucción. 

Es el momento de transitar el camino de la resiliencia, generar espacios de convivencia que nos permitan resistir ante la adversidad.  Los primeros pasos ya se han mostrado: la solidaridad, la autosuficiencia, la independencia energética, la soberanía alimentaria, el cambio de valores… son las únicas fórmulas que han resistido este primer embate. Para avanzar hacia la sanación necesitamos de grandes acuerdos basados en el compromiso público de dejar de robar y priorizar toda actuación dirigida a dar soporte a la comunidad. El pacto social que sostenía el Estado de Derecho, basado en la confianza de la ciudadanía en los representantes públicos, se resquebrajó a ritmo de contabilidad B, paraísos fiscales, mentiras, desigualdad social, políticas partidistas, leyes del suelo que fomentan el mercadeo de nuestro territorio y el saqueo generalizado de lo público por quienes estaban mandados a protegerlo. Es prioritario recuperar esa confianza.

Debemos apostar por políticas que recuperen el dominio de lo público, rescatar sectores de la economía sobre los que se sostiene la supervivencia y gestionarlos con vocación pública. Dar soporte a una gran masa de la población que vivirá en la misera, la pobreza, el desempleo y el  desespero. Ser conscientes de la interrelación entre islas como primer y más urgente ámbito de actuación, y en la creación de redes de un mercado sostenible regional como única vía para garantizar la soberanía alimentaria.

 Hay que apostar por la educación como tabla de salvación pues el virus que nos amenaza con más virulencia es el de la estulticia humana. La ignorancia y la soberbia alimentan los radicalismos ideológicos excluyentes que llevan en su ADN el virus de la violencia.  La educación como fuente de formación personal que nos permita enfrentar un futuro, de fortalecimiento de una sociedad donde se fomente la capacidad de crítica y enriquecimiento de las capacidades humanas puestas a disposición de la felicidad y la plenitud personal como objetivo vital.

Es prioritario rescatar el uso público del suelo, recuperar los suelos aptos para el cultivo, preservar la tierra, potenciar la biodiversidad, ordenar el uso del territorio desde el convencimiento que el suelo que pisamos es el hábitat donde debe preservarse la vida en cualquiera de las formas en que esta se manifiesta. El hombre, el ser humano, no es más importante que el pájaro, la cabra o el delfín, debe relacionarse con los otros habitantes del planeta en régimen de igualdad y equilibrio pues es la ruptura de ese equilibrio lo que nos ha llevado a esta encrucijada con la supervivencia. Un virus de unos 10 manómetros ha puesto en jaque a la civilización más industrializada de la historia de la humanidad. Aprendamos la lección de humildad. Preservemos el uso del territorio en que intervengamos para el sostenimiento de la vida, fomentemos la soberanía alimentaria como política pública encaminada única y exclusivamente a alimentar a la población en condiciones de igualdad y dignidad. Hasta ahora hemos usados los recursos del planeta para preservar el mercado de la especulación y del lujo, conformémonos con preservar la vida.

Recuperemos la gestión integral de los servicios públicos esenciales: el agua, las energías limpias, los residuos. Apostemos por la independencia energética. Recuperemos la cultura del agua, en las islas orientales es inaplazable. Invirtamos el dinero público, el que quede, en recuperar el ciclo del agua, en recuperar la obra civil del agua, construyamos aljibes por doquier, invirtamos en garantizar la decantación de la tierra de cultivo que se nos escurre con cada lluvia torrencial, apostemos por la desalinización y depuración de las aguas de modo tal que no se desaproveche una gota del único bien que garantiza la vida.  

Asumamos la gestión pública del ciclo integral de residuos; las plantas de reciclaje, la reutilización de los materiales, invirtamos en plantas de producción de compost… Apostemos por la independencia energética, la descarbonización de las islas, el uso público de las energías limpias y la gestión pública de dichos servicios con una eficiencia tal que sean fuente de ingresos y de trabajo. 

Invirtamos en la industrialización limpia de las islas, en la producción en Canarias financiada desde lo público, desarrollando campos de empleo que den soporte a la soberanía alimentaria (materiales fitosanitarios, herramientas agrícolas, piensos, abonos…), a la industria del ciclo del agua (membranas, repuestos, maquinaria…), a la industria derivada de la independencia energética (paneles solares, molinos, electricidad limpia, aislantes, conductores…), a la sanidad (equipamientos, investigación, desarrollo e innovación).

 Usemos el dinero público en convertir los ciclos de jardinería en ciclos de agricultura y ganadería, en potenciar la educación sanitaria, formemos mano de obra cualificada para las industrias que hay que poner en marcha para la supervivencia de la vida. Pongamos en marcha un plan para desocupar la costa antes de que el mar invada infraestructuras esenciales como las desaladoras y las centrales eléctricas que, en toda Canarias, están al borde del mar, mar que recuperará su espacio.

 En la industria turística el Gobierno canario ha decidido dedicarse a la tanatopraxia antes que a enfrentar el duelo. Todo dinero público empleado en maquillar al muerto será dinero perdido. Hay que revertir la tasa de la industria turística del PIB de Canarias del 35% al 10%. Reducir drásticamente las camas, eliminar la dependencia a un monocultivo sin futuro, elevar la calidad de los establecimientos que queden en pie, esponjar los núcleos turísticos con zonas verdes, demoler para crear áreas de esparcimiento, dotaciones sanitarias y deportivas públicas que doten de seguridad al destino, apostar por el transporte público y por las infraestructuras sociales de sanidad, atención y educación… Hay que recuperar grandes superficies de suelo perdido en ladrillo por suelo útil para desarrollar otros modelos de vida. 

Para avanzar tenemos que hacer justo lo contrario de lo que hemos hecho hasta ahora, empezando por revocar la Ley del Suelo, que ya nació herida de muerte en 2017, auspiciada bajo una ideología tan liberal como desfasada. El desarrollo pasa por dar marcha atrás y empezar de nuevo.

Inma Ferrer Peñate