Encontrarle un sentido: no metas la cabeza bajo el ala

Un día levanté la cabeza y todo había cambiado. Un coche con un megáfono llamó mi atención. Escuché algo así, como que nos quedáramos en casa. ¡Es lo que había querido siempre! Desconfiado miré por la ventana y en la avenida no había ni un alma, pero tampoco coches. La polución había descendido. No hacen falta medidas especiales. Increíble. No entendía nada. Bueno, tranquilidad y calma, susurré.

Como amigo de la rutina, preparé el desayuno. Y como otras veces, encendí la radio. Suspendida la actividad laboral, ahora será online. Esto no me gustó tanto, hablar con una pantalla, hacer grabaciones. Fui al calendario, me inundaban las dudas, ¿es el Día de los Santos Inocentes?, me pregunté. A veces, pasaba largo tiempo sin mirar los días porque eran todos iguales, pero esta vez no me pude resistir a ese impulso. En la radio, decían que un hombre en Vigo había llamado a la policía para que lo detuviera, porque no aguantaba estar en casa. Otros, salían a la calle vestidos de animales. Y muchos, con bastantes papeles higiénicos.

¿Qué pasó? Seguía buscando respuestas. Era esto un maleficio de Zeus, como hizo con Prometeo. Dios se enfadó y soltó las aguas, como ocurrió en el diluvio universal. Los espíritus maléficos del diablo corrompieron el alma de alguien, o la razón se había perdido en los tiempos. Estado de alarma, turismo cero, cuarentena, mascarillas, contagio, virus, palabras con las que fui hilvanando una lógica. Al instante, al juntarlas, la alegría de forma líquida hacia el miedo. Pensé para mis adentros, más miedos. Ya vivía con muchos. Me sentí abatido y un terror me invadió.

Busqué más noticias. Un dirigente francés habló de un capitalismo acumulativo que genera profundas desigualdades y que coloca a la democracia en peligro. Que lo dijera un inocente del mayo francés era como un chiste inútil. Comencé a sentir inquietud y nerviosismo. Luego, una dirigente alemana, que sabe bien lo que dice, afirma que estamos en guerra. Y un dirigente local, que suele ser reflexivo, le toca bailar con lo más feo, porque nos comunicaba: turismo cero; en una tierra como la mía, del monocultivo, y que luego tendríamos que recuperarnos. Y para rematarme, el Ministerio de Defensa de China aprobaba un ensayo clínico en humanos -así lo dejo-, veinticinco laboratorios buscan una solución en la actualidad y las bolsas sufren reajustes inversos al impacto del virus. ¿Razones humanitarias o negocio? ¿Cómo llamarlo ? Y me asaltan axiomas rotundos: la anterior crisis bancaria la pagó el Estado, y ahora la crisis presente, la de las empresas, el Estado de nuevo, comprometiendo a las generaciones futuras. Mis miedos se ensanchan.

Cada vez me iba sintiendo más pequeño, el temor no era ya por el virus invisible, llamado “enemigo de la humanidad” (OMS), sino por estos análisis. No sabía si bajar nuevamente la cabeza e irme al grupo de los conspiradores del silencio. Sí, esos que decían que había que debilitar el Estado y favorecer las iniciativas personales. Menos mal que ahora todos hemos aprendido para qué sirve un Estado de derecho, unos líderes que trabajan para el Bien Común, una ciudadanía que ha dejado de ser súbdito cuando afecta a su supervivencia, y un planeta que mejora cuando la acción humana baja su agresión. La elección fue fácil, arrimar el hombro, ya habrá tiempo para hablar con los dioses y los espíritus. No se me ocurrió meter la cabeza bajo el ala, como decía nuestro poeta Millares Sall.

Francisco Rodríguez Pulido