El relato

Raúl Vega

Está siendo un mes de agosto raro y lo mejor es que lo sabíamos. Sin embargo, no en todos los casos vemos el convencimiento de que las cosas cambiaron cuando un microorganismo nos mandó a parar, si no queríamos ver muertes, saturación del sistema sanitario e incertidumbre. Si bien es cierto que los eventos sociales fueron cancelados, no hace falta más que acercarse a una playa o cualquier lugar concurrido para darnos cuenta de la relajación de las medidas de distanciamiento social. No son mayoría, pero son una parte preocupante. 

Hace unas semanas, colgué en redes sociales una foto de la Playa de Melenara (Telde, Gran Canaria). La situación fue la siguiente. Domingo cualquiera. Llegamos a la playa en familia para dos horas a lo sumo. Nuestro cargamento, una mochila, un bolso y tres toallas. Lo desplegamos todo. Poco a poco nos van rodeando. Una hamaca y dos sombrillas, dos sillas y tres sombrillas, una hamaca y tres sillas, tres sombrillas y dos sillas… Nos habíamos puesto lejos de la orilla, llena, con suficiente distancia de los de al lado, pero no lo suficiente como para que no nos dejaran sin espacio. Lo de los dos metros era una utopía, como mucho medio metro. Encima una de las personas fumaba sin pudor. Duramos menos de una hora. Nos echaron de la playa. Hubiera estado de acuerdo si la Policía Local desaloja la playa con ese panorama. 

En redes, mucha gente me dijo que no pasaba nada, que en la playa no se contagia, que a lo mejor sí hay distancia… Sea como sea no era una imagen decorosa para una situación de pandemia. Además, la situación nos provocó cierto agobio, no derivado por el virus, pero sí en cuanto al abuso del espacio público. El siguiente domingo acudí a media tarde al Puerto de Agaete, también en Gran Canaria. Muchísima gente se agolpaba en las playas y en el muelle. Las únicas personas con mascarillas éramos nosotros. Por un momento pensé que era 2008 y no me había dado cuenta. En un deja vú me pareció ver una rama por allí. 

No sé si soy el único que advertí el clima de relajación, pero lo cierto es que los datos de contagios, principalmente en la isla de Gran Canaria, empiezan a ser preocupantes. Este virus es tan puñetero que una serie de decisiones individuales afectan en el ámbito colectivo. Y ahí no hay ni sistemas sanitarios, ni medidas de distanciamiento social ni obligatoriedades, lo cierto es que si individualmente no nos concienciamos del problema que estamos afrontando, podemos llevarnos muchas cosas por delante. 

Pese a todo lo anterior, el debate sobre el coronavirus me parece viciado y con síntomas preocupantes. Reconozco que a mí me parece excesiva la obligatoriedad de la mascarilla en todas las situaciones. Es una medida desesperada y sin visos lógicos de explicarla, cuando hemos aprendido que lo primordial es la distancia social. Empero entiendo que pretende regular algo que se había perdido progresivamente, el uso de la misma cuando no se pudiera mantener la distancia. Eso sí, nadie nos asegura que los listos de turno no lleven la nariz por fuera, la mascarilla en la barbilla o en el codo. Como todo en esta vida es una cuestión de grises, de los que más alejado estoy son de los irresponsables de la negación de la mascarilla, que lleva a una negación del virus en sí mismo. Mucha cancha mediática para tan poca materia gris. 

Otra de las orientaciones que niego es culpar del repunte de casos a la gente joven exclusivamente. Sí es verdad que la mayor parte son menores de 30 años, pero eso no puede generar un peligroso señalamiento. Se tira en exceso a la juventud que se junta y a las reuniones familiares, a veces se llega a tratar a la población como si fueran niños, pero lo cierto es que en Canarias están entrando cada día turistas sin PCR. Y ese es un cuchillo que corta. 

Si de verdad queremos ser un destino seguro, debemos exigir un PCR en destino, también si sales de Madrid, Barcelona, Zaragoza o cualquier otro destino del Estado. Si medio mundo está tratando el caso español como preocupante, nosotros no podemos mirar para otro lado si, como digo, queremos ser un destino con alta seguridad. Preferentemente que lo pague el mismo turista, porque no creo que el país (o comunidad) de destino se haga cargo de semejante gasto, pero ya hasta entendería que Canarias se hiciera cargo de ese gasto. Sería como poner la cama también, ustedes me entienden la metáfora, pero paramos la transmisión. Poco se habla de la afección de la entrada de visitantes a las islas y el repunte de estas últimas semanas. 

Con todo, me parece un debate excesivamente viciado, orientado al señalamiento local e inmigrante, y poco dado a poner en la mirilla al turista europeo y español. Claro, necesitamos recuperar el turismo a corto plazo pero, ¿a qué precio? Y sobre todo, ¿qué turismo? Si triunfamos en la primera etapa de la pandemia fue por la responsabilidad ciudadana, el buen rastreo sanitario y la paralización de entrada turística. No pido volver al confinamiento, al revés, creo que adaptarnos a la nueva normalidad es convivir con la enfermedad con responsabilidad, con sensatez y con actuaciones individuales acorde a lo que la sociedad espera de un individuo responsable. En eso, las instituciones deben ser ejemplares y no una máquina de señalar a los presuntos culpables. ¿Quiénes serán en septiembre? ¿Los escolares? Un poco de mesura y menos relato forzado.

Raúl Vega en Tamaimos