El Parlamento de Canarias entrega las Islas a la ultraderecha

La reprobación parlamentaria a Marlaska era necesaria. Debió ser el símbolo de una Canarias que se niega a los hechos consumados de la política por decreto y el ordeno y mando.

La mayoría parlamentaria que sustenta al Gobierno de Canarias impidió que el Parlamento autonómico llegara a reprobar al ministro del Interior, Fernando Grande Marlaska, por su gestión de la crisis migratoria que viven las Islas desde hace varios meses. Una reprobación que, según pasan los días, se ve más necesaria si entendemos que —posiblemente— Canarias ya se ha convertido en un nuevo Lesbos o nueva Lampedusa. Las deplorables imágenes del puerto de Arguineguín, con el hacinamiento de personas y la falta de servicios básicos, se podrían estar reproduciendo en ese campamento de Barranco Seco (en Las Palmas de Gran Canaria) al que no se ha dejado entrar a los eurodiputados de la Comisión de Libertades Civiles, Justicia y Asuntos de Interior del Parlamento Europeo.  

No sabemos qué oculta Marlaska en Barranco Seco —como señaló uno de los eurodiputados en su intento infructuoso de acceder a las instalaciones—, pero sí somos conscientes de que todas estas actuaciones le han facilitado a la ultraderecha el poder apropiarse, en alguna medida (el alcance está aún por ver), de una parte del relato político y social en las Islas. La ultraderecha, que —en su versión más isleña— ha vivido agazapada en las instituciones políticas y en los negocios que nos sometieron a la dependencia del ladrillo y el turismo barato, saca músculo ahora en la calle y refuerza su discurso de odio en las redes sociales convirtiendo al Archipiélago en parada de su “marcha de reconquista”.     

La gestión del problema migratorio por parte del Gobierno español (PSOE-Unidas Podemos) y, en particular, la labor de su ministro del Interior evidencian lo que ya se ha denunciado: Canarias se ha convertido en una enorme prisión para los inmigrantes que pretendían llegar a Europa. Y esto, lo quieran ver o no, alimenta el relato de la ultraderecha, que no duda en aprovechar esta coyuntura para azuzar el odio y el enfrentamiento entre los más perjudicados por la crisis económica provocada por la pandemia —las grandes mayorías canarias desposeídas y los inmigrantes que escapan de la crisis-covid del continente—, al tiempo que se abanderan los intereses de los empresarios de la hostelería y, en definitiva, de las multinacionales dueñas del negocio turístico canario.   

En esta Canarias marcada históricamente por la miseria y el paro estructurales —una Canarias dependiente de un sector económico que no tiene futuro, pero que seguirá regalando buenos dividendos a una minoría durante unos cuantos años— se agudizan las falsas contradicciones y se promueve un discurso centrado en ese lacónico y funesto: “el inmigrante me roba las ayudas”. En ese escenario, el enfrentamiento entre desposeídos se convierte en la mejor cosecha de una ultraderecha que tiene muy poco que perder y mucho que ganar. Una ultraderecha que ha decidido campar a sus anchas, encontrando a su paso solo la respuesta de grupos de vanguardia desconectados de las grandes mayorías isleñas; mayorías que viven preocupadas por las incertidumbres del día a día y que —al mismo tiempo— son presa fácil de todos aquellos discursos ambiguos que les permiten descargar sus frustraciones.  

La incapacidad de las instituciones isleñas

Las instituciones canarias, controladas en gran medida por organizaciones políticas que se denominan de izquierdas (PSOE, Nueva Canarias…) o de la “izquierda del cambio” (Unidas Se Puede), no están dando la respuesta adecuada a esta situación. Estas instituciones no están abanderando las verdaderas necesidades isleñas y, muy por el contrario, su dejadez e incompetencia está despejando el campo a esa marcha “triunfante” (y de gran alcance mediático) de la ultraderecha.  

Sin duda alguna, la reprobación parlamentaria a Marlaska era necesaria. Debió ser el símbolo de una Canarias que se niega a los hechos consumados de la política por decreto y el ordeno y mando. La cobardía y el sucursalismo han dejado el margen suficiente para que la indecisión sirva de acicate y alimento para los ultramontanos. 

La falta de una respuesta contundente al problema de la inmigración condena a los migrantes y nos condena a todos a un escenario donde los que siempre pierden perderán ahora más que nunca. Los inmigrantes se quedarán atrapados en unas Islas convertidas ahora en kafkiana colonia penitenciaria, y unas instituciones políticas canarias cobardes —incapaces de plantarse frente a las nefastas políticas metropolitanas— se dedicarán al reparto de migajas entre los desposeídos isleños, que —ahora— miran de reojo a los otros perdedores de esta historia de sueños rotos.  

PODEMOS seguirá publicitando desde su Consejería virtual de Twitter ese asistencialismo con el que se pretende tapar los ojos a la miseria real que vive el Archipiélago, al tiempo que —junto a los sindicatos y el resto de organizaciones que conforman el denominado “pacto de las flores”— continuarán ejerciendo de barrera de contención en una sociedad históricamente desestructurada, con unos medios de comunicación —convertidos en agencias de propaganda— suplantando el papel de una sociedad civil inexistente.  

En definitiva, el escenario perfecto para que esa tormenta perfecta alimente a la reacción y termine de socavar las trincheras de aquellos sectores de la izquierda canaria —sindicatos, ecologistas, estudiantes, partidos alternativos extraparlamentarios— que fueron capaces de marcar hitos en la movilización social en las Islas. Ahora esas trincheras han quedado desdibujadas, la crisis de poder que provoca la pandemia dará alas a los que tomen la iniciativa en un escenario donde lo que prima en el terreno político es la “guerra de movimientos” y los golpes certeros.  

La ultraderecha ha evidenciado que no se necesita ningún poder político-institucional en Canarias para desestabilizar y generar confusión. Sin duda, la deslegitimación social de las instituciones políticas abre el camino al aventurismo político, y la reacción sabe perfectamente que —si toma la iniciativa— luego todo serán ganancias. 

La reprobación parlamentaria a Marlaska era necesaria. Debió ser el símbolo de una Canarias que se niega a los hechos consumados de la política por decreto y el ordeno y mando.

La mayoría parlamentaria que sustenta al Gobierno de Canarias impidió que el Parlamento autonómico llegara a reprobar al ministro del Interior, Fernando Grande Marlaska, por su gestión de la crisis migratoria que viven las Islas desde hace varios meses. Una reprobación que, según pasan los días, se ve más necesaria si entendemos que —posiblemente— Canarias ya se ha convertido en un nuevo Lesbos o nueva Lampedusa. Las deplorables imágenes del puerto de Arguineguín, con el hacinamiento de personas y la falta de servicios básicos, se podrían estar reproduciendo en ese campamento de Barranco Seco (en Las Palmas de Gran Canaria) al que no se ha dejado entrar a los eurodiputados de la Comisión de Libertades Civiles, Justicia y Asuntos de Interior del Parlamento Europeo.  

No sabemos qué oculta Marlaska en Barranco Seco —como señaló uno de los eurodiputados en su intento infructuoso de acceder a las instalaciones—, pero sí somos conscientes de que todas estas actuaciones le han facilitado a la ultraderecha el poder apropiarse, en alguna medida (el alcance está aún por ver), de una parte del relato político y social en las Islas. La ultraderecha, que —en su versión más isleña— ha vivido agazapada en las instituciones políticas y en los negocios que nos sometieron a la dependencia del ladrillo y el turismo barato, saca músculo ahora en la calle y refuerza su discurso de odio en las redes sociales convirtiendo al Archipiélago en parada de su “marcha de reconquista”.     

La gestión del problema migratorio por parte del Gobierno español (PSOE-Unidas Podemos) y, en particular, la labor de su ministro del Interior evidencian lo que ya se ha denunciado: Canarias se ha convertido en una enorme prisión para los inmigrantes que pretendían llegar a Europa. Y esto, lo quieran ver o no, alimenta el relato de la ultraderecha, que no duda en aprovechar esta coyuntura para azuzar el odio y el enfrentamiento entre los más perjudicados por la crisis económica provocada por la pandemia —las grandes mayorías canarias desposeídas y los inmigrantes que escapan de la crisis-covid del continente—, al tiempo que se abanderan los intereses de los empresarios de la hostelería y, en definitiva, de las multinacionales dueñas del negocio turístico canario.   

En esta Canarias marcada históricamente por la miseria y el paro estructurales —una Canarias dependiente de un sector económico que no tiene futuro, pero que seguirá regalando buenos dividendos a una minoría durante unos cuantos años— se agudizan las falsas contradicciones y se promueve un discurso centrado en ese lacónico y funesto: “el inmigrante me roba las ayudas”. En ese escenario, el enfrentamiento entre desposeídos se convierte en la mejor cosecha de una ultraderecha que tiene muy poco que perder y mucho que ganar. Una ultraderecha que ha decidido campar a sus anchas, encontrando a su paso solo la respuesta de grupos de vanguardia desconectados de las grandes mayorías isleñas; mayorías que viven preocupadas por las incertidumbres del día a día y que —al mismo tiempo— son presa fácil de todos aquellos discursos ambiguos que les permiten descargar sus frustraciones.  

La incapacidad de las instituciones isleñas

Las instituciones canarias, controladas en gran medida por organizaciones políticas que se denominan de izquierdas (PSOE, Nueva Canarias…) o de la “izquierda del cambio” (Unidas Se Puede), no están dando la respuesta adecuada a esta situación. Estas instituciones no están abanderando las verdaderas necesidades isleñas y, muy por el contrario, su dejadez e incompetencia está despejando el campo a esa marcha “triunfante” (y de gran alcance mediático) de la ultraderecha.  

Sin duda alguna, la reprobación parlamentaria a Marlaska era necesaria. Debió ser el símbolo de una Canarias que se niega a los hechos consumados de la política por decreto y el ordeno y mando. La cobardía y el sucursalismo han dejado el margen suficiente para que la indecisión sirva de acicate y alimento para los ultramontanos. 

La falta de una respuesta contundente al problema de la inmigración condena a los migrantes y nos condena a todos a un escenario donde los que siempre pierden perderán ahora más que nunca. Los inmigrantes se quedarán atrapados en unas Islas convertidas ahora en kafkiana colonia penitenciaria, y unas instituciones políticas canarias cobardes —incapaces de plantarse frente a las nefastas políticas metropolitanas— se dedicarán al reparto de migajas entre los desposeídos isleños, que —ahora— miran de reojo a los otros perdedores de esta historia de sueños rotos.  

PODEMOS seguirá publicitando desde su Consejería virtual de Twitter ese asistencialismo con el que se pretende tapar los ojos a la miseria real que vive el Archipiélago, al tiempo que —junto a los sindicatos y el resto de organizaciones que conforman el denominado “pacto de las flores”— continuarán ejerciendo de barrera de contención en una sociedad históricamente desestructurada, con unos medios de comunicación —convertidos en agencias de propaganda— suplantando el papel de una sociedad civil inexistente.  

En definitiva, el escenario perfecto para que esa tormenta perfecta alimente a la reacción y termine de socavar las trincheras de aquellos sectores de la izquierda canaria —sindicatos, ecologistas, estudiantes, partidos alternativos extraparlamentarios— que fueron capaces de marcar hitos en la movilización social en las Islas. Ahora esas trincheras han quedado desdibujadas, la crisis de poder que provoca la pandemia dará alas a los que tomen la iniciativa en un escenario donde lo que prima en el terreno político es la “guerra de movimientos” y los golpes certeros.  

La ultraderecha ha evidenciado que no se necesita ningún poder político-institucional en Canarias para desestabilizar y generar confusión. Sin duda, la deslegitimación social de las instituciones políticas abre el camino al aventurismo político, y la reacción sabe perfectamente que —si toma la iniciativa— luego todo serán ganancias. 

El País Canario