El aparcamiento del hospital

Cada vez que me acerco a la máquina ticadora del aparcamiento del Hospital Universitario se oyen voces. No son voces agradables y actúan en la clandestinidad del murmullo, runrunean a mis espaldas, hablan como quien no quiere la cosa, pero todas buscan el asentimiento del respetable, que hace cola como cuando la cartilla de racionamiento: con el tique en la mano, abanicándose y calculando en cuanto dinero se traduce el tiempo sanitario. La fórmula es clara: cuanto más tarda el médico en atenderte más dinero gana Plasencia que, por lo visto, es el dueño del aparcamiento. Se quejan los murmullos anónimos, echan hostias, maldiciones e imprecaciones al cielo. ¡Ñoh, si es estafa esta, cómo se pasan! Y se pasan, vaya que si se pasan, porque antes de que el Cabildo cediera el solar  para su explotación durante cincuenta años con la condición de que fuera gratis para los empleados del hospital, clausula eliminada por conveniencia, también te cobraban algo los llamados aparcacoches, pero era la voluntad, incluso, si tenías prisa, ellos mismos te lo estacionaban y luego descogías tus llaves de un llavero descomunal parecido al del carcelero de La Bastilla en tiempos de los mosqueteros. Le dabas la voluntad, y de paso te llevabas un manojo de quemones (sisymbriun irio) para los pájaros, porque eso, arrasaron hasta con los quemones.

El papel del Ayuntamiento en este saqueo alevoso ha consistido en elevar el bordillo de las aceras, colocar pilonas y mandar algunas patrullas municipales y la grúa para que todas las cabras entren en el corral. Por lo demás, la gente calcula que el tranvía te sale tres euros ida y vuelta y llega a la conclusión de que no vale la pena. Calculan los sanitarios que podría habilitarse el solar vallado que está justo al lado, pero no conviene al negocio. También calculan los pacientes cuánto dinero hubiese ingresado las arcas públicas si el solar fuera explotado por el Cabildo. Y ya por seguir calculando, llega la gente a la conclusión de que es muy caro enfermarse; y, claro, cuando llegas a la máquina ticadora oyes cosas, voces, murmullos y llamamientos a la lucha armada y al yihadismo posthistérico, seguido de un runruneo de asentimiento. Y pagas tu tique y… aquí pan y en el cielo bizcocho.

Francisco Déniz