Canarias, el turismo, la economía, en manos de Covidiotas

Chema Tante

En este pandemónium coronavírico, se ha acuñado un neologismo muy útil: “Covidiotas”, cuya definición correspondería a esa gente estúltica que no asume la gravedad de la infección colectiva y el peligro que tiene el maldito virus. Pero, por extensión, el término puede aplicarse también a las personas memas que no entienden la potente oportunidad de que esta crisis, con el parón social y económico y el choque mental correspondiente, sirva, después de la desgracia, para eliminar las viejas malas mañas y adoptar nuevas prácticas, nuevas ideas. Incluso, de aplicar ideas que no eran nuevas, pero que no se encontraba la ocasión propicia para llevarlas a la práctica.

Y un ejemplo espléndido de esta segunda acepción extensiva son las mentes anquilosadas de quienes dirigen las empresas de Canarias. Gente incapaz de actualizar las calculadoras que tienen por cerebro y aprovechar una coyuntura de cambio. Personas que se llenan la boca con el guineo de lo bueno que es la innovación, pero que se han quedado en la mentalidad del siglo XIX, torpes para enderezar caminos, corregir errores.

No ha sido por la pandemia que hemos sabido que el concepto de comercialización masiva a precios bajos que sufre la economía canaria, desde los tiempos del plátano y las hortalizas hasta los del turismo masivo, solamente han beneficiado a las burguesías canarias, además de a las empresas extranjeras, pero que ha mantenido en el marasmo social a la mayoría de la población isleña. El virus maldito lo que ha hecho con su invasión es darnos la razón a quienes lo veníamos gritando. Mucha gente, hace tantos años.

Decíamos que era necesario, por razones tanto de defensa ambiental, como por razones de mejora de la comercialización, reducir a un tercio la oferta turística, con un concepto de turismo selectivo, sostenible, de lujo a precios caros y complementar el negocio con la utilización, tendiendo a la exclusividad, de productos canarios. Aparte de instaurar de una vez las energías renovables y diversificar la actividad económica, romper el monocultivo, promover la producción en Canarias de bienes para la exportación más adecuada a nuestra condición de lejanía de los mercados: mercancías de poco peso y volumen, como farmacia o cosmética, y también incorpóreos, conocimiento…

Pero siempre nos decían que no era posible cambiar el sistema. Con el paternalismo insufrible de los falaces teóricos neoliberales, se nos advertía de que ese cambio de rumbo suponía detener la explotación, cosa que, claro, no se podía hacer.

¡Detener la explotación! ¿quién podía imaginar tal cosa, hace mes y medio? Pues aquí lo tenemos. Los hoteles y restaurantes, vacíos, con un horizonte de recuperación bastante alejado, quizá un año, sino dos. Todo depende de que se encuentre el tratamiento o la vacuna que cure o nos inmunice contra la enfermedad.

Y no tenemos actividad alternativa. Porque no se quería invertir en otros ramos de producción. Porque Canarias, un día pionera en conocimiento de energías alternativas, se dejó de eso, porque no le convenía a la cegata oligarquía isleña. Porque la legión de profesionales de la investigación puntera está en la nueva emigración, generando conocimiento -y beneficios- allende los mares. Porque se ha dejado agonizar a nuestra tradición agroganadera, porque era más barato importar productos viejos y plagados de infecciones.

Pero, con la tragedia, ha llegado la hora. Ya tenemos la oportunidad. Y sin construir -fabricar, decía el habla canaria, antes de que la perdiéramos de tan triste manera- absolutamente nada. Se trata de mantener simplemente las mejores instalaciones hoteleras y de restauración que ya existen. Pero que no podían operar con comodidad en el segmento de mercado que les era natural, el premium, porque, en el funesto concepto de turismo masivo, la oferta inferior tira hacia abajo de los precios.

De esta manera, eliminando toda la estructura alojativa y de restauración y ocio de media y baja calidad, Canarias podrá atraer un turismo de alto nivel cultural. El turismo que sabe apreciar lo bueno y está dispuesto a pagar por ello. El turismo que ama el medio ambiente y lo respeta. Que, además, va a ser el target que primero empezará a viajar Se acabaron las paellas congeladas, el todo incluido con alimentos importados, viejos de meses y de años. Con unos hoteles y restaurantes que ofrecerán alimentos locales, frescos, que no serán tan caros para los negocios, porque la producción insular aumentará. Hacia esa producción local habrá que derivar la fuerza de trabajo procedente de las estructuras eliminadas. Además, las obras de derribo y recuperación de los espacios también absorberán buena parte de esas trabajadoras y trabajadores, en tanto se diseñan y aplican los programas de reconversión laboral.

Esta es la ocasión que nos proporciona la trágica pandemia. Sin embargo, eso necesita de pensamientos detenidos y profundos. Algo que no está al alcance de la insalla covidiota que dirige la economía de nuestras islas.

Es esa gente como el totorota engreído Jorge Marichal, presidente de ASHOTEL, abobado por su birrienta idea de proponer a las organizaciones futboleras que terminen la liga en Canarias. A este soberbio, en la acepción despreciativa del término, personaje, le tiene sin cuidado que nuestro aislamiento nos haya colocado en una posición favorable en el contagio general del maldito bicho; que el corte de comunicaciones haya empezado a preservar a las islas. No le importa nada de eso a Marichal. Él, arregostado a que se le haya dejado, junto con sus secuaces, comerciar con los recursos naturales y la sostenibilidad que no son suyos, sino del pueblo canario, lo único que quiere es continuar con su negocio. Qué más da, si para eso tiene que traer a gente de todo el estado, con el consiguiente riesgo de nuevos contagios. Marichal no sabe, porque su ignorancia se lo impide, que basta con que un técnico o un futbolista o un periodista esté infectado, para desatar de nuevo por las islas el nuevo caballo apocalíptico del COVID-19. Para Marichal, que se reabra el riesgo no tiene importancia, si él se lucra.

Es esa gente, también, como la sonsa Ángela Delgado, empresaria agrícola, presidenta de ASAGA, que no sabe, porque también su ignorancia se lo impide, que el sector primario es fundamental para que unas islas alejadas recuperen su soberanía alimentaria. O a lo mejor sí que lo sabe, pero ella atiende más a la billetera que tiene por corazón y no vacila en recurrir a la mentira. Dice, esta persona detestable, que el mercado canario está desabastecido de papa y por eso, está importando 400 y pico toneladas de papas, de Israel, que además, dado el laxo control aduanero en estas islas desafortunadas, existe la probabilidad de que estén infectadas por una de esas plagas que introducen las importaciones en nuestros cultivos. Las organizaciones agrícolas serias han desmentido a la irresponsable Delgado. Hay papa en el mercado isleño. Y, si no lo hubieran hecho, la misma realidad desvelaría la mentira de Delgado. Porque, de repente, la demanda ha bajado abruptamente, dado que los cientos de miles de turistas, se han ido. Es que, además, una simple reflexión permite comprobar la desfachatez y deslealtad de una empresaria agrícola como Delgado. La oferta local podrá perfectamente cubrir toda la demanda de papa. Si no lo ha hecho, en estos últimos años, es precisamente porque las codiciosas importaciones, de producto de inferior calidad, infectado, pero a bajo precio, han desanimado a muchas personas agricultoras, que se salieron del mercado. Si hay desabastecimiento, es precisamente por las importaciones que, como esta de Delgado, han envilecido los precios. La agricultura canaria no puede competir en precio. Pero sí en calidad, en defensa del ambiente, en salud. Sin embargo para Delgado, igual que lo dicho respecto a Marichal, eso no es nada, si ella puede llenar su billetera.

Esos son dos ejemplos de covidiotas. Pero hay muchos más, todas esas mentes cachanchanas que ya están contando los meses que faltan para volver a sepultar a las islas bajo las pisadas de decenas de millones de turistas.

Por eso hay que decirle a Ángel Víctor Torres y a Román Rodríguez, y a Yaiza Castilla, consejera de Turismo, Industria y Comercio: aprovechen los nuevos vientos que van a soplar cuando la pandemia amaine. Escúchennos, por una vez, a quienes no tenemos dinero, porque no nos mueve el interés económico, sino la lógica y el amor a Canarias y a su gente. No atiendan a quienes ponen su propio beneficio por encima del interés general y pretenden continuar amontonando turistas a precios de derribo e importando productos viejos, de mala calidad a precios bajos que arruinan la producción local. Abandonen el concepto de turismo masivo, impongan como principal atractivo para el turismo la sostenibilidad, la ausencia de saturación, los valores tradicionales canarios. Promocionen de verdad el sector primario, para exportar, sí, pero no en barcos al exterior, sino en los organismos de las y los turistas. Empiecen a caminar para que Canarias tome el control de su destino en los mercados, sin depender de operadoras y transportistas. Tenemos las y los profesionales capaces para ello, tenemos empresas aéreas y marítimas excelentes, con experiencia de éxito en operaciones exteriores. Impulsen de verdad otras líneas industriales, de farmacia y cosmética o similares, con energías limpias. Recuperen el talento exiliado.

Si así hicieren, además, se liberarán de la servidumbre de quienes hasta ahora han financiado campañas electorales. No les será necesario, porque si hacen todo eso, les garantizo que las próximas elecciones se las llevan de calle.

Chema Tante, en La casa de mi tía