Beatriz de Bobadilla, la sangrienta colonizadora

Retrato de Beatriz de Bobadilla recogido en la obra de Francisco Pinel y Monroy, ‘Retrato del buen vasallo’, Madrid, 1677 

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La conquista española fue también una conquista de mujeres. En la historia de la colonización de América, durante las primeras décadas del siglo XVI, la captura de mujeres constituyó un elemento importante en la esclavización. 

El cuerpo de la mujer no solo fue utilizado como campo de batalla, también fue esclavizado en harenes. “Las tienen en hierros y las azotan para que hagan su voluntad, y como todos son de la misma opinión se tapa y disimula todo”, denunciaba a su regreso a España el religioso Luis Morales. Respecto a los menores y ancianos anotó “traíanlos a todos a donde estaban las carabelas y los viejos y más de trescientos niños dábanles de estocadas o despeñábanlos. Su Majestad, a otros ahorcan de los pies y están allí muriéndose dos o tres días”. 

Los misioneros se jugaban la vida denunciando ante la Corona el martirio y la explotación a la que se veía sometido el aborigen. Una corriente crítica que encabezan el padre Bartolomé de Las Casas, fray Pedro de Córdoba o fray Bernardino de Sahagún, cuya obra es fundamental para la reconstrucción de la historia del México antiguo antes de la llegada de los españoles. 

Muchos otros religiosos fueron asesinados por lo mismo, por defender a los indios y por estar en contra de las ambiciones de poder, como el obispo fray Antonio de Valdivieso. El Archivo de Indias está lleno de testimonios durísimos de estos prelados que dan cuenta de “bebés arrancados de la teta de la madre y arrojados contra las piedras”. En sus famosas Décadas del Mundo Nuevo (1530), el cronista Pedro Mártir de Anglería deja escrito en forma de lamento “es muy gran lástima que Vasco Núñez de Balboa alimentó a sus perros con cuarenta indios”. 

El historiador Esteban Mira Caballos estudia estos episodios a partir de manuscritos y documentos de la época, y en El capitán Lázaro Fonte: la doble personalidad de un psicópata (2007) describe algunos de esos conquistadores sin escrúpulos. “Él se consideraba a sí mismo una persona cristiana, temerosa de Dios, un leal servidor de la Corona y, sobre todo, un marido y un padre ejemplar”. Sin embargo, “fue capaz de ejecutar crueles y despiadadas matanzas de indios, así como violar a niñas muy pequeñas que previamente ataba a palos cruzados en aspa”. Así, capitanes como Francisco Montejo o Pedro de Cádiz y sus huestes forzaban a las jóvenes para “preñadas” venderlas a mayor precio, testimonia, en 1565, Girolamo Benzoni en Historia del Nuevo Mundo

Las decisiones político-jurídicas aplicadas a la colonización de la Indias dan un giro importante tras las constantes denuncias del cronista sevillano De las Casas. Unas salvajes atrocidades expuestas en el año 1552, en Destrucción de las Indias, que contribuyeron a corregir los abusos por parte de los conquistadores.

Por 15.000 maravedís 

En La Gomera, año 1488, se desencadena una de las páginas más sangrientas de la historia de Canarias. Hernán Peraza ‘el joven’, a quien el profesor Dominik Josef Wölfel nos presenta como “hombre sin conciencia, soberbio y brutal” hereda en 1477 los derechos de ocupación de la isla, pero incumple todos los pactos de sus antecesores. Maltrata al pueblo, expropia sus tierras, los somete al pago de impuestos abusivos, y persigue a sus mujeres. 

En 1481, la dama de compañía de Isabel la Católica, Beatriz de Bobadilla, una mujer a la que los historiadores describen tan “bella” como “sádica”, sufre el destierro de la reina a las Islas Canarias por su excesiva cercanía con el rey Fernando. Isabel la fuerza a casarse con Peraza, señor de La Gomera. Juntos protagonizan una sanguinaria campaña para aniquilar todo atisbo de rechazo a la conquista. 

Fue el obispo de la diócesis canariense-rubicense, Juan de Frías, quien alerta a la Corona de la venta de un centenar de gomeros en los mercados esclavistas, y los defiende señalando que se trata de fieles “cristianos y libres” que cumplían con sus obligaciones y, por tanto, no podían ser condenados a la esclavitud, describe Wölfel en La Curia Romana y la Corona de España en la defensa de los aborígenes canarios (1930). 

Los Reyes Católicos ordenan a sus juristas investigar el caso, y estos, dando la razón al prelado, mandan la búsqueda e inmediata puesta en libertad de los cautivos, muchos de los cuales regresaron al archipiélago a bordo de la armada enviada a conquistar Gran Canaria en 1478. 

Peraza no solo recrudece el trato hacia sus vasallos, sino que yace con Iballa, una noble aborigen considerada para algunos una especie de sacerdotisa. Ser amantes era saltarse el pacto de Guahedún, “una alianza de colactación que los convertía en parientes del mismo clan”, señala Francisco Pérez Saavedra en El episodio de Iballa y sus motivaciones (1986).  

Cuatro años antes de que Colón llegara a América, Peraza es asesinado, y el pueblo gomero recibe como respuesta una de las más cruentas represalias llevadas a término en el archipiélago. Su viuda, apodada la dama sangrienta, “una mujer de reacciones impremeditadas” que bajo “el impulso de la violencia aplicó terribles justicias contra los antiguos canarios”, señala el historiador Antonio Rumeu de Armas en La política indigenista de Isabel la Católica, hizo llamar a Pedro de Vera, gobernador de Gran Canaria, quien desembarca en La Gomera al frente de 400 hombres.

Se ordena a todos los gomeros asistir a la iglesia para el funeral de Peraza. El que no se presentara sería visto como traidor y cómplice de asesinato. Acudieron engañados los vecinos de la isla, “asegurados de su inocencia y de la palabra del gobernador”, relata Viera y Clavijo en Historia General de las Islas Canarias (1969). Cuando llegaron a la iglesia los castellanos los apresaron, y Beatriz de Bobadilla ordenó la ejecución indiscriminada de todos los varones gomeros mayores de quince años. Alrededor de 500 hombres fueron ahorcados o empalados y lanzados al mar. 

En 1933, Wölfel exhuma del Archivo General de Simancas un centenar de documentos que son testimonio de la brutal represión a la que fueron sometidos, cuyo resultado ve la luz en la revista de El Museo Canario bajo el nombre Los gomeros vendidos por Pedro de Vera y doña Beatriz de Bobadilla. Tras aquella matanza, Pedro de Vera y la dama sangrienta deciden vender como esclavos a todas las mujeres y menores de quince años. 

El número de cautivos registrados asciende a 240, de los cuales 41 eran menores de 10 años, 42 eran adolescentes entre 10 y 15 años, 43 mujeres entre 14 y 40 años, y 31 hombres entre 20 y 30 años, como detallan los textos transcritos por el antropólogo. Las mujeres jóvenes podían llegar a venderse por 15.000 maravedís, por un hombre adulto podían llegar a pagar 8.000 maravedís, los adolescentes de ambos sexos costaban unos 6.000 maravedís, y los niños y niñas de muy corta edad un promedio de 4.300 maravedís.  

El franciscano Miguel López de la Serna, enfrentándose a los gobernadores de las islas que contraviniendo las leyes esclavizaban a la población autóctona, se opuso firmemente a la venta de los niños y denunció este tráfico ilegal de seres humanos ante los Reyes Católicos, quienes ordenaron investigar el paradero de los cautivos y proceder a su liberación inmediata. Gracias a la insistencia del fraile, 200 gomeros fueron liberados, expedientes que se conservan en el Archivo de Simancas. 

‘Amiga’ de Colón

Por entonces Cristóbal Colón aparece en la vida de Beatriz de Bobadilla, describe Alejandro Cioranescu en Primera Biografía de Cristóbal Colón (1960). La idea de una relación entre ambos es apoyada por muchos historiadores, estudiando los extraños movimientos de ambos, como sostiene Rumeu de Armas en Los amoríos de Doña Beatriz de Bobadilla (1985). 

La ‘amiga’ de Cristóbal Colón abasteció a la flota que paró en La Gomera en sus viajes a América de 1492, 1493 y 1498. Carlos Álvarez, autor de La Señora (2012) señala que “la insistencia de Colón en pasar por La Gomera cada vez que iba a América, cuando Gran Canaria ya estaba conquistada” no le parece casual, siendo Beatriz de Bobadilla “una mujer de gran belleza”. 

Beatriz de Bobadilla, la ‘amiga’ de Cristóbal Colón, abasteció a la flota que paró en La Gomera en sus viajes a América de 1492, 1493 y 1498

Valiéndose de esa belleza, en 1498 Beatriz de Bobadilla se convierte en la mujer del primer adelantado de Canarias y gobernador de La Palma y Tenerife, Alonso Fernández de Lugo, el hombre más poderoso del archipiélago y, por tanto, señora de las Islas. Razón por la cual en ese tercer viaje Colón apenas de detiene en La Gomera.  

La dama más temida sigue con sus prácticas violentas y ordena la muerte de todo aquel que la menciona. Se le abre un proceso judicial en la península, pero se alarga en el tiempo (de 1490 a 1502). “La importancia política que la Corona de Castilla otorgó al caso se comprueba en la notable cantidad de expedientes que existen en los registros del Archivo General de Simancas”, señala el investigador Antonio M. López, en Proyecto Tarha. Beatriz de Bobadilla no fue juzgada. En 1504 apareció asesinada en sus aposentos de Medina del Campo, su ciudad natal.  

Cristóbal Colón llegó a América en 1492. Tras él se desarrolló una política de terror que acabaría con la vida de millones de indígenas.  No se conoce “ni un solo caso de ejecución de una condena a muerte dictada contra un español por haber asesinado o violado nativos”, denuncia Mira Caballos. “Sí las hubo por traición a la Corona, cierta o no, como le ocurrió a Vasco Núñez de Balboa, a Gonzalo Pizarro o a Francisco Hernández Girón, pero no por haber cometido delitos contra los aborígenes que hoy consideraríamos de lesa humanidad”.  

Un siglo después de la llegada de las tres carabelas a las Antillas, la casi extinción de la población nativa generó otro genocidio. Se arrancaron enormes masas humanas de africanos de su tierra ancestral a través del impulso criminal y brutalmente inhumano de la trata y de la esclavitud. Y así continuó el terror y la codicia. 

Ni rosa ni negra 

La dominación, la opresión, el avasallamiento, la injusticia y todas las grandes lacras de la humanidad siguen vigentes en nuestro mundo, como lo estaban en tiempos de los faraones o durante el imperio sasánida. La historia rosa trata de borrar a la historia negra, y convertir cada genocidio en imperiofilia, pero seguimos siendo los mismos de entonces. Lo fuimos con Stalin, con Hitler, con Pol Pot y con Mao Tse Tung, un sádico responsable de la muerte de más de 70 millones de personas. 

Solo en el siglo XX murieron en conflictos armados más de 100 millones de personas, en guerras feroces que dan buena cuenta de que el ser humano sigue siendo el mismo de hace cinco siglos. Solo la Segunda Guerra del Congo del presente siglo se ha llevado por delante a seis millones de inocentes ante el silencio impasible de la comunidad internacional.

Basta con hacerle un seguimiento a la veintena de conflictos armados que hay abiertos en el mundo para descubrir que somos los mismos sapiens-sapiens. Asistimos cada día a través de los medios de comunicación a bombardeos que caen a granel sobre población indefensa, enterradas bajo los escombros de sus casas, inocentes ajenos a un conflicto del que no pueden salir, rehenes de pésimos e inmorales gobernantes con tendencias mesiánicas y narcisistas. 

“No hay ningún horror, ninguna crueldad, ningún sacrilegio o perjurio, ninguna transacción infame, ningún descarado pillaje o sucia traición que no se haya perpetrado o se perpetre diariamente al amparo de esas palabras elásticas, tan oportunas y, pese ello, tan terribles: la razón de Estado”. (Bakunin).

La historia no es rosa ni negra. La historia no tiene color.

Ana Sharife