APUNTES PARA UN CAMBIO DE CICLO FORZOSO (I)

Francisco Javier Gonzalez

Los ciclos económicos y el monocultivo

La pandemia del COVID 19 traerá consigo otra posterior, esta no será vírica pero sí altamente contagiosa: la de una tremenda recesión económica que, de una u otra forma, va a tener carácter universal. Ya ha comenzado a mostrar su dureza aún sin poder medir sus consecuencias por la imposibilidad material de conocer en toda su integridad la naturaleza, consecuencias y tratamiento del virus causante y, por ende, de su duración y sus posibles recidivas. En Canarias, históricamente, las sucesivas crisis económicas se han saldado ahondando el abismo que separa las clases dirigentes de las populares y con la emigración forzosa de los desplazados del sistema. ¿Será igual en esta que se avecina?

 Es previsible ahora, dadas las peculiaridades de nuestra estructura económica, que los efectos van a ser bastante más catastróficos que en crisis anteriores, haciendo más terribles y evidentes los perjuicios del doble condicionamiento a que estamos sometidos: la explotación colonial y la expoliación capitalista. Ambas actúan y afectan tanto a las personas que habitamos este Archipiélago africano, como al propio territorio. Sin perder de vista la universalidad de la pandemia y del posible crac que le seguirá, tenemos que plantearnos las soluciones particulares que precisamos de cara a un futuro, que entrevemos muy oscuro, soluciones que pasan por tener en cuenta el triple eje sobre el que debemos vertebrar la posición y acción del soberanismo canario: el anticolonial, el anticapitalismo destructor y el ecológico de conservación del territorio. Es, para la esperanza en un futuro mejor, el momento en que se hace imprescindible reflexionar, aunar criterios y, por supuesto, ACTUAR.

Por mi parte intentaré aportar mi granito de arena a esa empresa liberadora, sentimientos e ideas que, para no resultar pesado, publicaré por entregas, empezando por un bosquejo de lo que ha sido la historia económica de nuestra patria tras la invasión española, porque conocer el pasado significa entender el presente y prever el futuro.

A pesar de que a finales del XIX Canarias pasó a denominarse “provincia” y en los mapas metropolitanos nos situaban en un recuadrito mediterráneo al este de España, nunca, desde la invasión europea, ha dejado de ser una colonia española. Obedece exactamente a la definición clásica de colonia como territorio alejado de la potencia que lo conquista por la fuerza–en nuestro caso, en otro continente- y lo ocupa, anulando su capacidad de tomar sus propias decisiones y manteniéndolo en el tiempo como fuente de exacción de beneficios a favor de la metrópoli, beneficios generalmente procedentes de la explotación exhaustiva del territorio ocupado y de sus habitantes.

Hoy no se necesitaría siquiera la conquista y ocupación del territorio. La exacción de sus recursos puede hacerse mediante la implantación de empresas bajo el control foráneo hacia donde se drenen los beneficios de la producción aportando el neocolonizado, además del territorio, la mano de obra barata precisa para la explotación, pero siempre con la necesidad de contar con una burguesía autóctona intermediaria que haga posible el mantenimiento del tinglado. En Canarias soportamos ambas modalidades –el control directo y la implantación de empresas succionadoras de recursos-  y, desde luego que, burguesía subsidiaria y población sometida, alienada y sumisa no faltaba antes ni falta ahora, aunque en ocasiones, cuando afecta directamente a sus bolsillos, las clases dominantes canarias –criollas y españoleras- sacan a relucir su agresividad arrastrando tras de sí a las clases trabajadoras dependientes de los poderosos, como tendremos ocasión de analizar en conflictos como el surgido cuando fue el vino la exportación dominante.

Históricamente en nuestra tierra esa explotación se ha realizado a base a diferentes cultivos para la exportación de algún producto de alto valor añadido. Se suele hablar de las fases de cada ciclo con el nombre del “monocultivo” que la determina (azúcar-vino-cochinilla…) pero, al menos en mi opinión, hasta el actual predominio del turismo y sus correlatos como explotación, no podemos hablar, stricto sensu, de “monocultivos” sino más bien de “cultivos preponderantes” o, mejor aún, de cultivos exportables porque, a la vera de este cultivo preponderante en lo económico, se desarrolló siempre una producción agrícola de consumo interno de cereales, frutas, verduras, legumbres, productos ganaderos, pesca, etc. que con ayuda de una escasa importación de materias alimenticias cubrían una buena parte de las necesidades de una población que era, por las circunstancias, bastante frugal. Era la suficiente para tener en todas esas épocas una precaria “soberanía alimentaria”, aunque sin poder evitar algunas hambrunas también cíclicas. Evidentemente esa economía, como exportadora, estaba sujeta al albur no solo de la legislación, los intereses coloniales y los de las capas sociales que detentaban el poder, sino también a los vaivenes y situaciones políticas externas de los mercados receptores y sus relaciones con la metrópoli y a la propia dinámica del capitalismo imperialista.

Una diferencia notable de la que se nos viene encima con las crisis cíclicas canarias es que, en todas las anteriores, con el “cultivo preponderante”, además de los de subsistencia interna, coexistían otros, incluidos los llamados a sustituir al que estaba en ese momento en auge. Así, los viñedos que van a sustituir al azúcar, estaban ya instalados desde casi el momento de la invasión española en las islas y convivían con la caña dulce. Por eso el cambio de ciclo no fue abruptamente brutal sino progresivo, con una fase más o menos larga de convivencia en la que los viñedos desplazaban, poco a poco, a la caña dulce. Igual sucedió con la crisis del vino ya que convivían con él muchos nuevos cultivos, desde la cochinilla a la papa y el millo. También sucedió con la transición al ciclo exportador de tomate-plátano introducido por los ingleses. Fue lentamente ocupando los terrenos pero siempre conviviendo con los anteriores y con los dedicados al consumo interno de la población. Por el contrario, la actual “industria” turística ha ido, a marchas forzadas, desplazando toda otra posibilidad de desarrollo interno como se detallará cuando llegue el caso de analizarla.

Tras la invasión se forma la naciente sociedad canaria, en la que, por grado o a la fuerza, se integran los indígenas canarios, Es una sociedad estructurada por los colonizadores formando capas –clases- bien diferenciadas, que en cierta forma llegan hasta nuestros días. Los principales jefes de la conquista, nobles y militares españoles, y los capitalistas incipientes que financiaban la empresa de la conquista –incluida la iglesia- formaron el grupo aristocrático dominante que se apoderó de las mejores tierras; la tropa española que participó en la conquista tuvo sus datas de tierras, aunque en menor extensión y calidad, como la tuvieron también algunos indígenas prominentes que aceptaron y apoyaron al invasor como Fernando Guanarteme. A su lado crecía una población formada por indígenas “horros” y colonos de diferentes profesiones llegados al calor de las posibilidades que ofertaba la corona española para la colonización. Por debajo de todos quedaban los esclavos, tanto indígenas como importados del continente –negros o moriscos- en las “cabalgadas” que hacían los señores para su captura. Fuera de esa estructura de clases quedaba un cierto número de indígenas alzados, “guaniles”, que no aceptaron la dominación española a la que, mucho más tarde, se irían paulatinamente integrando.

Francisco Javier González