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Intersindical en el Día de la bandera canaria

Wladimiro RodriguezWladimiro Rodríguez Brito

Cuesta comprender lo que ocurre en un territorio como La Palma, más concretamente en Fuencaliente; cómo entender que el mayor municipio turístico de la Isla pierda población. En los últimos años tiene una difícil explicación que no tengamos vinos malvasía en el Bar Parada por agotamiento de la cosecha, que gran parte de los viñedos carezcan de cuidados, o que los pinos y los matorrales rodeen gran parte de las zonas pobladas. Todos estos son indicadores de que la cultura económica y la medioambiental no miran para el territorio.

Que un municipio con más de 1.500 camas turísticas no genere empleo para sus 1.800 habitantes -a los que hemos de incorporar unas 200 ha de plátanos-, indica que tenemos un alejamiento entre trabajo y territorio. ¿Qué decir de la pérdida de más del 50 % de la superficie cultivada de viña en lo que va de siglo XXI, quedándose con unas 150 ha?

Hace falta armonizar la bandeja y la guataca. Ambas son posibles y complementarias, turismo y agricultura, paisaje y productos de la tierra.

La viña es una forma de hacer productivos suelos que tienen dificultad para otros cultivos. Es también paisaje y, lo más importante, es protección contra el fuego al tener los campos limpios de maleza, manteniendo alejados los pinos de las casas. No olvidemos que estamos ante el que fue el mayor municipio productor de vino de La Palma, exportando a Cuba hasta la primera mitad del siglo XX, y construyendo en los años 40 la mayor bodega de Canarias.

La viña es cultura del territorio, no sólo por lo dicho anteriormente, sino por la adaptación de plantas a los distintos suelos y medios, desarrollada a través de los conocimientos empíricos de los agricultores, de gran valor para optimizar recursos. De hecho, esto ocurre con la malvasía de Los Llanos Negros, que es una planta exigente en calor y humedad, cultivada de secano, dado el manejo aprendido por los agricultores, con aplicación de una gran sabiduría para conseguir una cosecha de gran calidad, lo que llamaríamos el néctar de los dioses.

Sabiduría, trabajo, ilusión, conocimientos de ayer útiles para el mañana. Este es el legado que debemos proteger.

Viña, incendios y rabo de gato. Antaño, la viña rodeaba las zonas pobladas, siendo la línea de defensa de la población en su interior. Con el abandono de las zonas altas, -las que tienen más posibilidades de cultivar ante el cambio climático-, se incrementan los matorrales y, en particular, los pinares, que rodean incluso el núcleo central del pueblo. Unido a ello, se pierde la producción de uva blanca, de gran demanda en el mercado.

En las zonas bajas, el abandono de la viña genera un espacio para la expansión de especies invasoras, en especial el rabo de gato, al mismo tiempo que genera más condiciones adversas a los agricultores que quieren mantener los cultivos ante la agresión de los depredadores (ratas, conejos, mirlos, etc.), arruinando un patrimonio productivo de años.

La viña es parte de la historia del sur de La Palma, y parte de la identidad de Fuencaliente. Una planta adaptada a suelos pobres, que consigue domesticar los malpaíses, consiguiendo producir un vino de una calidad extraordinaria, agotado este año, incluso en el Bar Parada, la mayor referencia en productos gastronómicos autóctonos, como los almendrados, y punto de encuentro para la degustación del malvasía.

Otra de las actividades económicas del municipio son algo más de 200 ha de plátano, que generan más de 300 puestos de trabajo.

Qué decir de las más de 1.500 camas turísticas, con una minoría de trabajadores locales. ¿Cómo podemos entender que un pueblo que reúne un potencial de estas características pierda población, o incluso tenga población parada? Un territorio de los más ricos de La Palma con menos de 1.800 habitantes. Tenemos un desequilibrio entre la realidad económica y lo que propone el sistema cultural, educativo y formativo, que cultiva o embrutece nuestras mentes.

Fuencaliente es un vergel con posibilidades con las que jamás contó dicho pueblo, machacado por el vulcanismo más joven de La Palma, sin un manantial que humedeciera la sed.

La explicación solo tiene una lectura cultural, de una sociedad que ha devaluado el trabajo, la naturaleza, el compromiso, estableciendo como valores mitos y leyendas que vienen del exterior, de eso que llaman globalización.

¿Cuántas calorías quemamos en una prueba de la Transvulcania? ¿Cuántas en limpiar la yerba en una fanega de viña? ¿Cuál es el valor de las uvas producidas sin agroquímicos, sólo con azufre, en Las Chamusqueras? ¿Hemos confundido valor y precio?

La naturaleza, la lucha contra el fuego, no es cosa de drones y otras máquinas, es cosa de prevención, de compromiso ambiental, cosa que hacen los campesinos.

POBREZA

 

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