Benito MaceiraBenito Maceira

El Gobierno de Canarias acaba de habilitar 11 millones de euros para mejorar los servicios de urgencias. Lo justifica porque la demanda es creciente y, según nuestro consejero de Sanidad, este año “los picos han sido terribles”. Hace muchos años que la demanda es progresiva, llena de picos terribles cada vez que nuestra creciente población entrada en años, con su salud pegada con saliva, sufre los embates de nuestros benignos inviernos. El espectáculo vergonzoso de las urgencias hospitalarias absolutamente desbordadas, con una indigna promiscuidad de enfermos aparcados en los pasillos y con interminables esperas para ser atendidos, es cada vez más frecuente. De seguir así, hasta los garajes tendrían que acomodarse para nuevas unidades de urgencias. Aunque quizás a algún empresario avispado se le ocurra proponer montar una red privada de servicios de urgencias, que por una módica cantidad le ahorre al ciudadano el suplicio de las urgencias públicas. El negocio sería sustancioso y el alivio de la Administración indescriptible.

¿Nuestros responsables sanitarios se han preguntado por qué ocurren estos colapsos? Si lo han hecho, no nos lo han contado y, sobre todo, no han tomado medidas para intentar arreglarlo. Se limitan a poner remiendos cuando la situación se vuelve escandalosa.

En mi opinión, el caos de urgencias es el reflejo del preocupante deterioro de la salud de los canarios, gestionado por un modelo de atención sanitaria dominado por la inmediatez, la perentoriedad, el apuntalamiento del enfermo surgido de una sociedad que no se ha beneficiado de política alguna de promoción de la salud ni de medidas preventivas para evitar las enfermedades crónicas no transmisibles, en su mayoría cardiovasculares (obesidad, diabetes, hipertensión, aumento de grasas en sangre, etc.), que constituyen la mayor causa de mortalidad y motivan un gran número de visitas a urgencias.

El recrudecimiento de estas enfermedades es claramente ambiental, con escasa participación genética e íntimamente ligadas al estilo de vida impuesto por el modelo de desarrollo del sistema que nos gobierna.

El desarrollismo capitalista en Canarias entró con el turismo. Supuso una transición brusca desde la miseria, el hambre, las enfermedades carenciales e infecciosas a una espectacular mejoría de la calidad de vida, donde el comer estaba asegurado, pero lo que se comía estaba impuesto. Al ir desapareciendo la agricultura de autoconsumo, fresca, de temporada, ya no se comía lo que se tenía en el cantero -ahora abandonado-, sino lo que había. Y lo que había era una comida industrial, manipulada, poco nutritiva, hipercalórica, diseñada para entullar a la población y a un precio tal que fuera asequible para los bajísimos salarios pagados y asegurara pingües beneficios.

Si simultáneamente el gasto de calorías se redujo drásticamente (se “quemaba” mucho menos en el sector servicios) y la comida fue desplazada en la escala de valores por el consumismo (lo que se come no se ve, pero sí el coche aparcado en la puerta), y a todo ello le ponemos la guinda de la absoluta falta de cultura nutricional y de práctica de ejercicio, ya tenemos en marcha la locomotora que mueve todas las enfermedades cardiovasculares, que no es otra que la obesidad.
Si no fuera una desgracia, los canarios podríamos presumir de la locomotora más potente de Europa (30% de obesidad), que arrastra unas vagonetas repletas de enfermedad y de sufrimiento humano, donde destaca la de la diabetes y, dentro de ella, la más preocupante, la de la diabetes infanto-juvenil. La situación de la diabetes en nuestras islas es escandalosa: se nos mueren tres veces más diabéticos por complicaciones que la media nacional.

¿Y por qué tenemos tanta obesidad y sus enfermedades satélites? Sin duda alguna, porque tenemos muchísima pobreza; cerca de la mitad de los canarios (el 44,6% ) está en riesgo de pobreza y exclusión social. ¡No nos podemos acostumbrar a este terrible dato! Está palmariamente demostrado que es la situación socioeconómica el factor de riesgo de más peso en la aparición de las enfermedades cardiovasculares. Es lo que llamamos el gradiente social de las enfermedades: a medida que se desciende en la escala socioeconómica (ojo, incluyendo las clases medias), más se sufren estas enfermedades. Este gradiente opera en cualquier país (hay cientos de estudios que lo demuestran), pero es más notorio cuando la pobreza se da en el seno de una sociedad con patrones macroeconómicos de país desarrollado, es decir, dentro de una situación de gran desigualdad social como es el caso de Canarias. Tras la minusvalía social, a corta distancia, se encuentra el factor de riesgo del sedentarismo, que, dado el panorama laboral actual, también está muy ligado con la situación socio-económica del individuo.

Para empezar a mejorar la desastrosa situación sanitaria de nuestra tierra no podemos seguir practicando la actual medicina de desembocadura, poniendo puntales carísimos para mantener en pie a los enfermos destrozados por las complicaciones de todas estas enfermedades crónicas. No podemos empezar a actuar cuando el individuo está enfermo y menos cuando ya está complicado. Tenemos que recurrir a promocionar la salud de la población e implementar políticas serias de prevención hasta ahora inexistentes. Hay que prevenir, hay que construir una presa que contenga los problemas de base e impida los astronómicos gastos y el inmenso torrente de sufrimiento humano que suponen estas enfermedades. Para ello se tiene que empezar por reconocer que las causas troncales de la gravísima y progresiva epidemia de obesidad, diabetes y demás enfermedades son sociales y que, por lo tanto, la solución tiene que pasar forzosamente por políticas sociales que las neutralicen.

La trágica realidad es que, a pesar de que la situación sanitaria de la población es alarmante, a pesar de que están perfectamente deslindados los motivos de la misma, no se hace prevención. Europa se gasta en políticas preventivas el 3% del presupuesto sanitario. España, sobre el 1% ( incluyendo las vacunas), y Canarias probablemente menos…

No se hace prevención porque está prohibido: el estamento financiero-bancario-empresarial, el verdadero dueño del mundo, el que representa al salvaje capitalismo neoliberal que nos gobierna, El Padrino, tiene dadas órdenes estrictas de que las cosas sigan como están. El reconocer la pobreza como pilar principal del problema es desestabilizador y políticamente incorrecto; la pobreza es un factor de riesgo no modificable… Tomarse en serio el implantar verdaderas políticas preventivas supondría poner en peligro las astronómicas ganancias generadas por la comida procesada (basura), por la industria farmacéutica, por el inmenso negocio en torno a la obesidad, por las tecnológicas medicas, etc. Además, se podría quedar sin argumentos para continuar con la canibalización de la Medicina Pública a través de su política de descapitalización, desprestigio y desmontaje de la misma. Parece claro que no tiene la más mínima intención de hacerse el harakiri…

El Día Mundial de la Salud parece una magnífica ocasión para recordar que para torcerle el brazo a El Padrino es necesario una verdadera revolución ciudadana: solo con la creación de una masa crítica suficiente que amenace a la clase política gobernante con la pérdida del poder a través de los votos comenzarán a practicarse medidas preventivas eficaces y solo entonces empezarán a mejorarse y dignificarse los servicios de urgencias como reflejo de la mejoría en la atención sanitaria de nuestra población. No podemos tolerar que se antepongan los intereses de El Padrino al derecho a la salud de nuestra población.

 
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