jaimeJaime Bethencourt Rodríguez

 

No es casual que nuestra enseña tricolor con siete estrellas haya sido inspirada y fundada hace 53 años en el exilio por un movimiento político que propugnaba la libertad de Canarias. Es ese, precisamente, el mismo éxodo que a lo largo de siglos ha sido el destino obligado de los trabajadores canarios para, mediante la emigración impuesta o clandestina, buscar el sustento más allá de nuestras fronteras que nos ha hecho errar durante siglos por medio mundo.

A partir de esos precedentes, a los canarios se nos ha coartado la consolidación y el desarrollo de nuestra identidad como territorio africano abierto a un espacio sociocultural tricontinental que conforma nuestra actual singularidad. Hemos sufrido los efectos de un prepotente y exterminador nacional- españolismo que insiste en querer borrar cualquier atisbo de nuestra personalidad vernácula que, aunque lo silencien, tienen sus más nobles y remarcados referentes mucho antes de la cruenta y salvaje dominación española. Se nos ha impedido dotarnos de un propio autogobierno que encauce cabalmente nuestro bienestar. Nuestra economía continúa siendo sitiada por un sistema de dependencia y de expolio aborreciblemente colonial que promueve que una maraña de entidades empresariales y financieras foráneas aquí asentadas mantengan una extracción irrefrenable de capital hacia el exterior directamente proporcional a las enormes carencias que nuestro pueblo sufre. No podemos pasar aquí por alto, la complicidad de la miserable y egoísta burguesía canaria, sin la cual esta sucesión de desmanes no sería posible.

Como menoscabos añadidos para nuestra mayoría social, hay que sumar los perniciosos efectos colaterales que, lejos de desaparecer, se mantienen en forma de inferior inversión por habitante, injusta distribución de la riqueza, alto desempleo, miserables salarios, indeseables condiciones laborales y la pobreza que alcanza a cerca de la mitad de nuestros conciudadanos, circunstancias estas que nos segregan de la pretendida condición de españoles con la que eufemísticamente se nos apoda.

Por ello, es este 22 de octubre fundacional de nuestra enseña, en Intersindical Canaria también alzamos la voz para que, además de reivindicar la bandera blanca, azul y amarilla con siete estrellas como símbolo inequívoco de nuestra Nación Canaria, también exigir el derecho a decidir para dotarnos de auténticos mecanismos d eautogobierno y poder popular que nos permita un benefactor reparto de nuestros recursos y alcanzar un bienestar que tras siglos de discriminación nos equipare, al menos y como inicio, a los ciudadanos de los que dicen son nuestros “iguales” europeos. No existe Comunidad alguna en el actual estado español con mayores razones para ejercer su derecho a decidir y lograr su plena soberanía política y económica.

Esta apelación justiciera y libertaria no es nueva ni superficial: iniciada por nuestro antepasados durante un largo siglo de resistencia frente a los conquistadores y durante el que se forjó el inicio de la actual Nación Canaria, ha tenido su relevo en otros muchos compatriotas que en diferentes épocas y circunstancias, han sido duramente perseguidos e incluso asesinados por su ideario anticolonialista y emancipador. Secundino Delgado, Guillermo Ascanio, Javier Fernández Quesada, Antonio González y Antonio Cubillo, entre otros, ocupan un lugar destacado e indeleble en la historia de resistencia frente a la opresión nacional y laboral de nuestra nación.

Hoy, además, en ese marco deleznable de sinrazón y acoso contra las libertades cívicas y nacionales, levantamos también la voz para exigir la libertad de los presos políticos víctimas de la acción represiva del actual gobierno y de los aparatos represivos del Estado español, de los que la nacionalista canaria Aisha Hernández y los soberanistas catalanes, Jordi Cuixart y Jordi Sánchez, son los más recientes exponentes.

Del Secretariado Nacional de Intersindical Canaria