Francisco Rodriguez Pulido 2 2

Francisco Rguez. Pulido

 

Con mesura y acierto, la exposición del Castillo de La Luz, una “mirada Insular”, en un contexto de asimilación y evanescencia de nuestra identidad, indaga de forma intencionada sobre el sustrato primitivo del arte moderno canario. y sin quererlo, nos ofrece una memoria identidaria. Y es que, en el ultimo año, el “imaginario atlántico insular”, también ha sido tratado por  Samir Delgado, escritor y crítico de arte. Paralelamente, en Tenerife, hace unas semanas se presentó, “pintura y poesía: la tradición canaria del siglo XX” como una cartografía del imaginario de Canarias, por el catedrático de Historia del Arte de la Universidad de La Laguna, Fernando Castro Borrego. "Una exposición conceptualmente tan ambiciosa acerca al objetivo deseado de un centro de las artes contemporáneas canarias", apuntó su otro comisario, el poeta y catedrático de Literatura Española de la ULL, Andrés Sánchez Robayna, en su inauguración. 

Estas coincidencias de exposiciones en ambas orillas, una en la búsqueda de lo común en el sustrato prehispánico, y la otra en la modernidad, abordan la expresión de los signos propios en tiempos diferentes. Algunos, podrían pensar que ha sido casualidad y otros, pensarán que algo nos tratan de advertir sus promotores. Ahora bien, fuese como fuese, lo que si denota es la ausencia de una mirada sobre la tradición cultural de Canarias que recorriera en su desarrollo los principales aspectos simbólicos y mitológicos que vertebran el trabajo creativo Insular. Ese consenso histórico no está construido. La necesidad de una recuperación, de unas raíces propias o señas de identidad propias, ante lo difuso, se hacen evidente. Lo que nos diferencia, nos caracteriza, nos condiciona, está muy relacionado con la posición en todos los ámbitos. La isla puede ser vista como un espacio mítico que contribuya a la propia mistificación artística: bondad del clima, paisajes hermosos y gente amable. Su contraste lo observamos en el surrealismo onírico y la canariedad perturbadora de Juan Ismael, que se enfrentan a la tangible realidad social del mundo campesino, con la dureza de sus rostros, visto por Felo Monzón o los signos del rastro de un sujeto agónico de la pintura de Paco Sanchez. La isla como un espacio de huida, o como un espacio añorado.

Indagar en las profundas relaciones -propias de la cultura insular- entre los signos pictóricos y los signos poéticos, es un elevado propósito. El aspecto innovador, de ambas iniciativas, es que se organizan a partir de un orden simbólico, vertebrado a partir de algunos símbolos y los elementos: aire, agua, tierra, fuego, luz, cuerpo, mito e historia, para analizar los repertorios compartidos, en la exposición del TEA. O en la exposición de la Fundación Chirino, vemos como la misma, se articula en una mirada al paisaje y en torno al mar o el viento. O en la exposición a comienzo de año, en La Casa Museo Antonio Padrón-Centro de Arte Indigenista, la exposición de grabados titulada ‘El imaginario insular’, compuesto por el mar, las barcas, los cardones, la arquitectura de los riscos, la tierra, las mantillas, las palmeras o los volcanes, en un recorrido que irremediablemente conduce hasta las Islas. O, la memorable espiral de Chirino, que representan, una huella del pasado pero también el recuerdo de las máscaras africanas.

No sé hasta qué punto, acercarse a la isla a través de personajes foráneos, aunque luego se quedarán entre nosotros, sirve a los creadores insulares para ofrecer la “visión del otro” sobre nuestra sociedad, visión que, a menudo, esconde implícitamente la voz del propio narrador. La isla, en el imaginario continental, es el paraíso afortunado, refugio para el reposo, o la tierra poblada de gente bárbara.También desconozco si los tópicos del romanticismo idealizado prevalecen en las nuevas generaciones de creadores, donde el aislamiento ha sido roto, con los medios del transporte y las nuevas tecnologías.

Seguramente, hemos de subrayar siempre el vinculo de la poesía y la pintura con lo más vivo de la cultura mundial de cada fase histórica, y  entonces, lo insular  vuelve a recobrar otro sentido, a modo de una espiral, o simplemente señala la creatividad de nuestra tierra y la capacidad de adaptación de nuestra gente a un territorio delimitado.